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Crowdfunding… ¿aplicado al desarrollo urbano?

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El boom del crowdfunding. Una idea nada nueva, con nuevos medios.

El crowdfunding o financiación colectiva (o en masa) es un concepto que viene de lejos y que se puede definir sin mucha complicación: consiste en la financiación de un proyecto a través de la suma de muchos aportes, generalmente de baja cuantía, frente al modelo del gran inversor. Por ello también se le conoce como micromecenazgo. Pero esa definición esconde muchas complejidades, como iremos viendo.

Las prácticas de préstamo o apoyo microfinanciero tienen un doble origen. Por un lado en la necesidad de las comunidades con recursos escasos de generar recursos de capital para desarrollar proyectos productivos o personales de sus miembros. Hay modalidades en distintos contextos culturales en las que los participantes generan un fondo general al que se tiene acceso por turno o sorteo, mientras que en otras variantes la financiación tiene lugar entre individuos (peer to peer). Por otro lado el crowdfunding se puede entender como un desarrollo de la tradición filantrópica, especialmente en países anglosajones con una fuerte tradición de la sociedad civil donde la donación constituye una forma de contribución a la mejora de la comunidad, una forma de lograr estatus para el donante y exenciones fiscales. En Estados Unidos la cultura de la donación es muy importante y a menudo supone el desarrollo de proyectos vitales para los sectores más desfavorecidos a los que las políticas del Estado no llegan o lo hacen de forma insuficiente. En este contexto es importante fijar el comienzo del crowdfunding con interés social o comunitario en una evolución natural en la que las nuevas tecnologías se convierten en una herramienta decisiva para atomizar el concepto de donación, a la vez que aproxima proyectos e iniciativas a la sociedad en general, que a menudo reacciona en relación a estímulos solidarios, identitarios o políticos.

Desde principios de los 2000 el microcrédito se fue acercando a las nuevas tecnologías, dando lugar a plataformas como Zopa, Prosper o Lending Club. Unos años después, le llegó el turno al crowdfunding propiamente dicho: cuando en 2009 apareció la primera plataforma online de este tipo, Kickstarter, se hizo rápidamente evidente que sus creadores habían dado, no sólo con un filón de negocio importante, sino con una forma de relacionar economía y cultura que iba a dar que hablar. A día de hoy no dejan de emerger nuevas plataformas en diferentes contextos y con distintas modalidades, a un ritmo cada vez más acelerado.

Con esto, era inevitable que tarde o temprano nos hiciéramos la primera pregunta que queremos abordar aquí:

¿Es posible aplicar la financiación colectiva a proyectos de transformación urbana, sean de arquitectura, de intervención en el espacio público o de diseño urbano? ¿Qué conseguiríamos con eso?

Parece lo mismo, pero no es igual.

Ante esta pregunta se ha generado un interesante debate, planteado tanto desde el punto de vista teórico como desde la práctica y el activismo.

Las primeras respuestas fueron directas y sin concesiones: probarlo. Poner una pieza de mobiliario urbano, un jardín comunitario y hasta una gran piscina experimental como +Pool, directamente en Kickstarter, metiéndolos en la categoría de diseño entre una pulsera y unos calcetines, y ver qué pasaba. Total, sólo es una diferencia de tamaño y cantidad, ¿no?

Plus pool en Kickstarter

¿Lo es, realmente? Alexandra Lange lo pone en duda en su artículo Against Kickstarter urbanism (Contra el urbanismo Kickstarter), en cuyo encabezado web se puede leer, entre líneas de código, que el título original era en realidad un menos contundente pero más ilustrativo “puedes kickstartear una cuchara comestible, pero no una ciudad”. El artículo, que también comentaba Bernardo Gutiérrez en su recientísimo post ¿Crowdfunding para ciudades?, está lleno de dudas más que razonables.

Una plataforma de financiación apta para un reloj no es una plataforma de financiación apta para una ciudad. Las expectaciones, los plazos y la comunidad relevante son salvajemente diferentes. […] La línea de tiempo de los proyectos urbanos, los permisos requeridos en la vida real y los enormes costes de construcción son muy poco adecuados para el enfoque de Kickstarter. […] Un parque va a requerir mucho más que 5€ y un “¡Buena idea!”.

Es cierto. Entre el dinámico vídeo de presentación o los atractivos renders iniciales y el proyecto acabado hay más distancia de la que muchos usuarios pueden percibir o entender en el momento de decidir si hacen o no su aportación. La complejidad real del proceso que un gran proyecto tiene detrás acaba dejando aquella página inicial de Kickstarter como un mero ejercicio de storytelling tan hueco como bien intencionado.

Propuestas como + Pool o LowLine tienen una cosa en común: muestran la evocadora imagen final de un proyecto muy ambicioso (imperativos del marketing), pero en realidad piden fondos para un primer paso realista y casi modesto: un prototipo a escala real de la solución constructiva a emplear. La visión y el plan de trabajo se confunden, provocando que un micromecenas poco atento caiga fácilmente en el error de obviar la distancia que hay entre ese primer prototipo (diez o veinte veces más costoso que la media de los diseños completos presentes en la misma plataforma) y el proyecto final construido y utilizable (a un nivel de presupuesto muchísimo mayor). Como dice Lange en su artículo, “el sueño consumible estaba a años y burocracias de distancia”.

Todo ese “lastre” no visible, en forma de trámites, procesos de diseño, requisitos, agentes implicados, dificultades técnicas, condiciones legales, apoyos o desconfianzas varias y demás elementos que un profesional de estas áreas conocerá bien pero que incluso él difícilmente podrá prever, es lo que Dan Hill de Sitra llama “materia oscura” y sitúa como uno de los temas a resolver por cualquier plataforma de crowdfunding que quiera aspirar a lanzar proyectos de gran escala.

Lange concluye su artículo con un decepcionado “todo lo que el formato [de Kickstarter] puede manejar son pequeñas piezas del puzzle, como gizmos [o gadgets]”. Pero como comentan en un artículo de Project for Public Spaces que responde en cierta manera al de Lange, esto puede ser también una oportunidad:

Las estrategias destinadas a dar vida al espacio público a corto plazo pueden ser una manera extraordinariamente efectiva de construir el soporte de la comunidad para proyectos más grandes.

Lo cual podemos reconocer como la base de muchos proyectos de urbanismo táctico que, a través de acciones ligeras de bajo perfil económico y pocos requerimientos burocráticos, han logrado despertar una comunidad a su alrededor. En el urbanismo táctico o en cualquier proceso de transformación urbana de estas características no se produce exclusivamente una intervención en el espacio o en la trama urbana. Los proyectos que se desarrollan de abajo a arriba (bottom-up) son procesos en los que a menudo se producen negociaciones, generación de conocimientos, nuevas narrativas sobre el espacio y la identidad del lugar y de sus habitantes. Todo ello constituye un valor añadido que a menudo supera en el tiempo la vida de la dimensión física de la intervención.

Las plataformas genéricas de crowdfunding han demostrado ser muy aptas para financiar y lanzar “dispositivos”, objetos o construcciones de pequeña escala, bajo coste y alta replicabilidad, que muchas veces tienen más potencial para transformador que otras infraestructuras de gran porte. Parece razonable incorporar esta particularidad, como un aprendizaje, en cualquier plataforma específica que esté por aparecer.

Aula Abierta Sevilla en Goteo


Pero… insistimos en ir a lo grande. ¿Qué plataformas necesitaremos?

Tras intentar usar una plataforma existente como Kickstarter (o Goteo, con proyectos como el Aula Abierta de Sevilla, o cualquier otra) y descubrir que no valen para todo por igual, los promotores inquietos con grandes proyectos entre manos vuelven su mirada hacia las propias plataformas: Si estas no nos valen, ¿cómo es la plataforma que vamos a necesitar?

Como respuesta a esa pregunta comienzan a aparecer webs más especializadas como Spacehive, una web de crowdfunding para proyectos de mejora de vecindarios, Civic Sponsor, que se define como una plataforma de financiación para proyectos públicos, o Ioby, para proyectos dirigidos a la mejora del entorno local. Sin embargo, éstas aún se parecen muchísimo  al modelo de Kickstarter y no incorporan los aspectos específicos de escala, tiempos, gestión, comunidad, etc. que acabamos de comentar.

Una plataforma que quiera resolver esa complejidad tiene que plantearse cada proyecto como un todo interrelacionado con problemas más generales que el de su financiación, como los referentes a la participación, al contexto, al apoyo y coordinación de los agentes implicados, al proceso de trabajo en sí, a los posibles conflictos con los cauces oficiales del planeamiento (la convivencia de ciudadanos e instituciones que comentaba Bernardo), etc.

Los proyectos, en una plataforma así, deberán estar compenetrados con una comunidad, o ayudar a crearla, en lugar de quedar exclusivamente sujetos a las vicisitudes del marketing como sucede muchas veces en el crowdfunding, donde “gana” el que tiene el vídeo más llamativo, o más amigos, o el que mejor ha sabido contar su historia.

Y por si fueran pocos requerimientos, las plataformas digitales plantean dudas relacionadas con la brecha digital: ¿Cómo resolver la relación entre entre la comunidad local, del lugar, y la global, de las redes sociales? ¿Cómo hacer llegar este proceso y estas herramientas a la gente que no está en la red? ¿Cómo hacer transparente en el espacio físico lo que sucede en el digital, y viceversa?

¿Hay algún proyecto que esté abordando este desafío a día de hoy? Podemos encontrar varios, incluyendo los mencionados más arriba que están en constante evolución, aprendiendo de sí mismos. Uno de los que más claramente están abordando este proceso de diseño de nuevas plataformas es Brickstarter.

Hablábamos antes de Dan Hill y el concepto de materia oscura. Pues bien, este es sólo uno de los muchos aspectos que desde Brickstarter, del cual él forma parte, se están replanteando. Frente al enfoque más bien inmediato de proyectos como Spacehive, éstos han optado por abstraerse de lo que actualmente se entiende por plataforma de crowdfunding y tratar de dar forma a algo nuevo que integre los diferentes aspectos mencionados. Su blog es una inspiradora colección -de lectura recomendable- de profundas entrevistas y detallados análisis claramente dirigidos a extraer conocimiento del estudio de casos.

Para hacernos una idea rápida (aunque parcial) de por dónde van sus planteamientos, basta con que nos fijemos en uno de los bocetos preliminares que, en un buen ejercicio de transparencia, han publicado en el blog:

Brickstarter sketch

Esto ya no se parece tanto a Kickstarter, ¿verdad? Aparecen un buen montón de conceptos nuevos: escala, tiempos, valor, agentes de varios tipos (promotores, partidarios, patrocinadores), una clara diferencia entre el estado de financiación, de apoyos y de aprobación o permisos, un seguimiento de problemas, debates, algo que parece un feed local, etc. Este boceto tiene una profundidad de planteamientos y una complejidad detrás que ya parecen más acordes con el tema. Y sólo es un esbozo muy preliminar de una futurible plataforma online, que con toda seguridad es (o idealmente debería ser) sólo una parte del plan de trabajo de Brickstarter.

Para acabar este artículo dando pie a nuevas reflexiones os dejamos, como propuesta no cerrada, una serie de planteamientos que pensamos que deberían tratar de incorporar las plataformas de crowdfunding centradas en proyectos públicos y desarrollo urbano:

  • Mostrar todo el proceso y sus implicaciones, incluida la “materia oscura”.
  • Permitir empezar desde la pequeña escala, valorando el potencial de los dispositivos “low-” y el enfoque del urbanismo táctico para dar pie a proyectos mayores.
  • Aportar y visualizar un valor de retorno en cada paso del proceso, tras cada ciclo convocatoria-desarrollo-logro.
  • Cambiar el enfoque de la plataforma, desde una simple financiación colectiva hacia un “qué necesitamos para que esto suceda”, en el que se incluya la entrada de acciones y recursos distintos del simple aporte de dinero, como ya sucede en Goteo o en Civic Crowd.
  • Combinar el anterior con un enfoque de “gestión integral del proyecto”, del que la financiación colectiva (o mixta entre lo colectivo y lo institucional) sea sólo una parte.
  • Plantear esa plataforma como una base ligera sobre la que añadir diferentes “herramientas” de gestión, de forma que sea adaptable a proyectos más o menos complejos sin abrumar al usuario.
  • Asumir que la plataforma no lo es todo, y que hay toda una serie de canales, medios o espacios que tendrán que ser tenidos en cuenta y coordinados entre sí.
  • Aceptar que estamos al comienzo de un camino, un camino que se hará al andar.

 

Este artículo es fruto de una colaboración entre Andrés Walliser (@andreswalliser), desde Nueva York, y Jorge Toledo (@eldelacajita), desde Madrid, a través de Ecosistema Urbano (@ecosistema), para el blog de La Ciudad Viva.

Ver artículo original

P.D. de Jorge: Esta entrega sobre el tema iba a terminar aquí, pero en el momento de su publicación sucedió algo que bien merecía extenderse un poco más. Andrés y yo teníamos muchas ganas de escribir acerca de esto porque de alguna manera se percibe como un tema que “está en el aire”, que está en el aire con tal densidad que llega al “punto de condensación”. Y es que como los cazanieblas, parece ser que las redes en que nos movemos contribuyen a condensar las ideas y las hacen fluir hacia la corriente (en inglés, tal cual: stream) de la conversación colectiva. Tres días antes de la publicación original de este artículo, y con este todavía en sus huesos, Bernardo Gutiérrez publicó su artículo ¿Crowdfunding para ciudades?. Dos días después, la red seguía goteando: cuando me disponía a rematar y publicar el artículo, me llegó de pronto una inesperada invitación desde Think Commons a un hangout, una sesión de videochat online. Un timing de primera. Al entrar me encontré a Carlos Cámara, Ferrán Reyes y Domenico di Siena en pleno debate sobre… sí, este mismo tema. De modo que no he pude menos que incorporar este texto a la conversación, y viceversa.

Aquí tenéis un vídeo, fruto de ese momento de serendipia, que es casi la versión audiovisual de este artículo. Os lo recomiendo porque aborda algunos de los puntos clave comentados en este artículo, y unos cuantos más que no tienen desperdicio y que entrarán con seguridad en alguno próximo.

Hangout sobre co-financiación de las ciudades

Para los más impacientes: alrededor del minuto 19′, la conversación, inicialmente errática, enlaza de forma natural con el tema del crowdfunding, y hacia el minuto 37′ es cuando me incorporo y comenzamos a conectar con lo comentado en este artículo.

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Meditación en movimiento y deambulación: un arquitecto y su búsqueda de equilibrio en el mundo contemporáneo

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Deambulación - foto por Jorge Toledo

“Dejadlo todo…Salid a las calles” [ André Breton ]

Yo nací en el campo, en un pequeño pueblo de Italia llamado Montecanepino, y a los 23 años me fui a vivir a París, donde empecé a aficionarme a andar. Todos los días caminaba una o dos horas. Lo hacía sin un por qué, sin teoría, sin más propósito que el andar. Elegía los barrios y las calle al azar. Para mí no era una práctica estética: el andar era simplemente una forma fácil y minimalista de descubrir el paisaje urbano y disfrutar de una ciudad demasiado cara para un estudiante. Fue en aquella época, durante mis estudios de arquitectura, cuando descubrí el surrealismo y aprendí que lo que para mí era un pasatiempo espontáneo en realidad era una práctica artística: la deambulacion. Básicamente, “consiste en conseguir, mediante el caminar, un estado de hipnosis, una desorientadora pérdida de control. Es un medio a través del cual se entra en contacto con la parte inconsciente del territorio”.

Años más tarde me trasladé a Madrid, donde al andar sin rumbo por la ciudad lo llaman “callejear” y todo hijo de vecino lo practica, aunque no se considere ni artista ni surrealista. Callejear es un vocablo común, un verbo intransitivo que significa “andar deambulando de calle en calle”.

El verano pasado, después de haber recorrido ciudades como París y Madrid, decidí que había llegado el momento de volver a mi Italia natal y practicar el andar por mi tierra. Pude hacer realidad este paseo gracias a la colaboracion de la Why Marche, que co-financió el proyecto Intraverso: un recorrido a pie por las rutas de montaña de la región Marche, lejos de las grandes vías de comunicación. Por aquel entonces era el coordinador digital del proceso de creación colectiva dreamhamar, en el que tenía que gestionar a diario gran cantitad de conexiones, información y tareas. Era el momento perfecto, ya que con Intraverso quería investigar el andar como una terapia de alejamiento del ruido social y del bombardeo de información del día a día.

Intraverso - Francesco cingolani

Valentina Brogna en Intraverso. Imagen por Francesco Cingolani, CC BY-SA 2.0

Durante ese viaje me di cuenta de que andar no es sólo una forma de diversión, si no que tiene mucho que ver con mi profesión (soy arquitecto, aunque cuando me preguntan por mi trabajo prefiero contestar que “hago muchas cosas”). Me he dado cuenta de que andar sin tener en mente un destino o un objetivo fijado de antemano es pensar en movimiento, una practica extremadamente útil para reflexionar sobre mis actividades y mi vida. El deambular se ha revelado como una forma perfecta de delimitar un tiempo vacío, caracterizado por un ritmo lento impuesto únicamente por mi cuerpo: creo que ese hueco de lentitud y calma permite ver con absoluta claridad aspectos (relacionados con la vida personal y laboral) que se nos hace imposible percibir desde nuestra vida diaria, sobre todo a causa de la velocidad con la que tenemos que tomar decisiones y porque, a menudo, estamos demasiado ocupados produciendo.

Andar como forma de alejamiento para tomar distancia y mirar nuestra vida y a nosotros mismos a otro ritmo, desde otra perspectiva. Si estamos constantemente haciendo, ¿quién se ocupará de decidir a dónde vamos?

Andrés Walliser y Francesco Cingolani durante una deambulación en Montecanepino

Andrés Walliser y Francesco Cingolani durante una deambulación en Montecanepino, Italia. Foto de Marta Cabrera Lafuente editada por Francesco Cingolani.

Como comento en este vídeo sobre downshifting, grabado hace poco durante una  deambulación que realicé con el sociólogo urbano Andrés Walliser, mis experiencias profesionales recientes me han permitido conocer de cerca el ámbito de la innovación social y tecnológica. Tras estas experiencias estoy convencido de que nuestras actividades profesionales se están desplazando del enfoque productivo a otro centrado en la toma de decisiones. Si las tecnologías multiplican nuestras posibilidades y nuestra oportunidad de hacer cosas, nuestra capacidad de decisión es indispensable para saber qué queremos o debemos hacer.

Una vez asumida esta hipótesis, las consecuencias lógicas son simples: si tenemos que decidir más y mejor, pues necesitamos más tiempo para pensar, meditar y reflexionar.

Escribí un post (en italiano) en mi blog que ha resultado ser de lo más controvertido. En él comparto mi plan para “dejar de trabajar”, es decir, para concentrar mis esfuerzos profesionales en la reflexión sobre el “qué hacer” y reducir mis tiempos de producción a lo mínimo. En el presente artículo me gustaría dar un paso más y explicar por qué la deambulación es una práctica muy adecuada para la meditación estratégica.

Si el viaje es una metáfora de la existencia, con que ritmo deberíamos viajar?
Con pasos lentos y meditativos.
Esta es la lección de la Filosofía, cuando se convierte en estilo de vida, cuando el pensamiento entra en armonía con la experiencia, dándole ritmo. Un ritmo ocioso e inquieto.
[ Diogene N° 15 Entrevista a Duccio Demetrio ]

La cita es del filósofo Duccio Demetrio, autor de Filosofía del andar. Ejercicios de meditación mediterránea, que explica las relaciones que subsisten entre el pensamiento y el andar. En una entrevista realizada por el colectivo Doppio Zero, el filosofo cuenta que el andar se puede entender como una metáfora de la inquietud humana, y que esta practica tiene similitudes interesantes con la investigación filosófica y científica: deambular significa explorar, establecer hipótesis, hacer experimentos y acumular experiencias. En este sentido la deambulación o la meditación en movimiento difieren con la meditación oriental, cuya finalidad es conseguir el vacío de la mente. La meditación mediterránea es justo lo contrario: significa pensar al tiempo que mantenemos una conexión constante y profunda con el mundo exterior.

Este punto me parece particularmente interesante: la meditación del andar se puede entender como una forma de pensamiento relacional, un pensamiento en acción que no tiene como fin la producción sino la meditación estratégica. Si interpretásemos el trabajo como el esfuerzo humano para la modificación y mejora del mundo exterior, resultaría evidente que cualquier reflexión previa a nuestras actividades debería ser de tipo relacional, puesto que no es posible producir cambios significativos para un mundo con el cual no nos comunicamos. Invito a arquitectos, sociólogos y profesionales del urbanismo y del paisaje a esta reflexión: por un lado las condiciones tecnológicas y económicas contemporáneas nos exigen una profunda reflexión sobre nuestra forma de entender el trabajo y la superación del acercamiento centrado en la producción; por otro lado estoy convencido que tal reflexión se debe llevar en relación con nuestro entorno, evitando una actitud puramente intelectual y desconectada de la realidad.

El deambular es precisamente una forma de imaginar el mundo moviéndose dentro del mismo, de provocar una reacción constante entre nuestros pensamientos y el entorno sensorial, y puede ayudar a que nuestra actividad sea contextualizada y no se quede en la abstracción.

The Cult of Done Manifesto

Imagen por James Provost en flickr, CC BY-NC-ND 2.0, basada en el Cult of Done Manifesto por Bre Pettis

En el ámbito de la educación, es necesario superar la abstracción de una educación excesivamente teórica. Procesos como el experiential learning y el learn by doing, van en esta dirección y están generando mucha expectación. He podido contribuir a ellos mediante el proyecto de educación expandida Urban Social Design Experience. Esta tendencia hacia el hacer y el practicar, en lugar del aprendizaje didáctico tradicional, se inscribe en una transformación más general que supera la separación entre teoría y practica. Fomenta la experimentación directa y la producción inmediata (veáse el manifiesto del Culto a lo Hecho) aprovechando las posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías.

En este ámbito donde las fronteras entre el aprendizaje (learn) y la producción (by doing) son cada vez más intangibles, donde el acceso a la información y a la producción es cada vez más inmediato, es imprescindible diseñar tiempos y espacios para la reflexión. Son fundamentales para decidir qué queremos conocer y elegir qué vamos a hacer, es decir, para afrontar la verdadera cuestión ética de la conciencia profesional.

Think by walking

Think by Walking. Imagen por Francesco Cingolani basada en “Walking” por Roo Reynolds, flickr, CC BY-NC 2.0

Creo que la práctica del andar es una de las posibles soluciones para definir este equilibrio entre producción y meditación. La tendencia a la productividad y el learn by doing se pueden complementar con el think by walking, una práctica antiproductivista para la meditación estratégica y el diseño consciente del futuro del mundo. Seguro que los resultados serían muy positivos.

Texto escrito por Francesco Cingolani (@immaginoteca) con la colaboración de Marisa Rodríguez (@la_madalena) para Ecosistema Urbano (@ecosistema). Publicado inicialmente en La Ciudad Viva.

Referencias:

CARERI Francesco, Anti-walk en WALKSCAPES. EL ANDAR COMO PRÁCTICA ESTÉTICA, Ed. Gustavo Gili. Barcelona, 2002.

André Parinaud. Dins: ENTRETIENS BRETON, André. Ed.Gallimard. París, 1952.

GARCÍA ROMERO, A. y FERNÁNDEZ ALADO, C. (1996). El sistema educativo en la nueva reforma. Revista de Educación (Madrid), 309, 498-789.

AAVV, Filosofare oggi, Diogene N. 15 – giugno/agosto 2009,  ISBN – EAN: 9788809064294, Editore: Giunti, Milano.

Ethel Baraona Pohl + César Reyes | dpr-barcelona, Festina Lente | Urbaniza despacio… que tenemos prisa! en La Ciudad Viva, 3 de febrero de 2012, http://www.laciudadviva.org/blogs/?p=13283

Marta Carrasco Bonet, Anti-walk, una práctica estética en la ciudad en mixité, 12 de marzo de 2011,  http://www.mixite.es/es/anti-walk-una-practica-estetica-en-la-ciudad/

Eduardo Torres (Mexico), El Flanèur Baudeleriano en la Posmodernidad en La Ciudad Viva, 10 de septiembre de 2011, http://www.laciudadviva.org/blogs/?p=11243

Eduardo Torres (Mexico), Tecnologías de la información, espacio público y exclusión. El caso de Santa Fe y el espacio para el peatón. en La Ciudad Viva, 29 de marzo de 2011, http://www.laciudadviva.org/blogs/?p=9583

In-gentes, Terapia urbana: la experiencia del andar en La Ciudad Viva, 7 de mayo de 2011, http://www.laciudadviva.org/blogs/?p=5500

Ramiro Aznar Ballarín, …se hace urbanismo al andar en La Ciudad Viva, 15 de noviembre de 2010, http://www.laciudadviva.org/blogs/?p=7814

http://www.doppiozero.com/materiali/camminare/intervista-video-duccio-demetrio
http://en.wikipedia.org/wiki/Experiential_learning

La foto de cabecera fue tomada por Jorge Toledo durante una deambulación urbana por el barrio de Tetuán Madrid. Imagen tuneada por Francesco Cingolani.

El proyecto INTRAVERSO es un viaje lento de Francesco Cingolani y Valentina Brogna, basado en una idea de Fabio Curzi. La primera edición, verano 2011, en colaboración con la revista Why Marche. La segunda edición está prevista para 2012. Más información: intraverso.org

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La cuarta dimensión

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Retomamos otro artículo publicado previamente en La Ciudad Viva que, al hilo del anterior, reflexiona sobre el concepto de vecindad en un mundo glocal, con una relación en tiempo real entre lo digital y lo presencial que forma lo que Domenico llama “la cuarta dimensión”.

Todos nos hemos pasado una noche entera en Facebook o en Twitter hablando con amigos y conocidos, muchas veces gente que vive a miles de kilómetros. Sabemos lo que pasa en China y hasta el detalle más nimio de la ceremonia de los Oscars. ¿Por qué no nos pasamos la noche charlando con nuestros vecinos? ¿Por qué mi identidad ya no tiene relación con el barrio en el que vivo, ni me entero ya de lo que ocurre en la calle de al lado? El progreso nos ha cambiado el barrio por la aldea global pero la llegada de Internet nos ofrece lo mejor de los dos mundos gracias a la cuarta dimensión.

yo cojo lo de los demás, los demás cogen lo mío

La palabra globalización es una farsa. No hay globalización, sólo hay virtualización. Lo que está siendo efectivamente globalizado es el tiempo. Ahora todo sucede dentro de la perspectiva del tiempo real: de hoy en adelante estamos pensados para vivir en un sistema de tiempo único.
[…]
Por primera vez la historia va a revelarse dentro de un sistema de tiempo único: el tiempo global. Hasta ahora la historia ha tenido lugar dentro de tiempos locales, estructuras locales, regiones y naciones. Pero ahora, en cierto modo, la globalización y la virtualización están inaugurando un tiempo universal que prefigura una nueva forma de tiranía.
[…]
De este modo vemos por un lado al tiempo real sustituyendo al espacio real. Por otro lado tenemos el tiempo global, perteneciente al multimedia, al ciberespacio, increíblemente dominando la estructura del tiempo local de nuestras ciudades, nuestras vecindades.

Paul Virilio planteaba en 1995 los efectos del progreso, concretamente del ciberespacio, en la sociedad. Reflexionaba sobre el concepto de tiempo real y tiempo único, entendiéndolo como la destrucción definitiva del espacio real. Debo decir que estoy fascinado con esta reflexión de Virilio, que se define a sí mismo como filósofo y urbanista autodidacta (¡Gracias Manon por descubrírmelo!).

No obstante, estoy totalmente en desacuerdo con él porque no tiene en cuenta algo que hoy se da por sentado: la hibridación físico-digital. Afortunadamente, hace ya años que se dejó de hablar de ciberespacio y se empezó a hablar de una sola realidad con diferentes facetas, entre ellas la digital y la presencial. Segundo, porque lo que dice Virilio se parece más a lo que han generado los medios de comunicación de masas y la primera etapa de Internet. En realidad, este momento es el comienzo de un proceso que va en sentido opuesto.

Cuando Virilio habla del concepto glocal da a entender que en esta nueva relación entre local y global, lo local sale perdiendo y, por consiguiente, aparecen ciudades sin interés, que dependen de lo que él denomina “tiempo global” o “tiempo único”. Me acuerdo ahora precisamente de Virilio porque expone el problema y el peligro y justo es hoy, en estos momentos, cuando se está produciendo un cambio histórico.

En una entrevista dice “si el tiempo es dinero, entonces la velocidad es poder”. Ahí ha dado en el clavo. Es más, añadiría que el poderoso es aquel que puede permitirse perder el tiempo.

Estoy convencido de que el “tiempo real” puede ser la herramienta más poderosa que los ciudadanos hayan tenido. Lo es por dos simples razones. La primera, porque les permite organizar, plantear, crear y formar parte de procesos distribuidos de creación, transformación y gestión urbana. Me refiero a procesos que sólo son posibles cuando el retorno de la información sobre los resultados de las acciones de cada uno permite reaccionar y redirigir el proceso hacia lo que desea cada individuo. La segunda razón es que el tiempo real es la base de lo que podríamos llamar ambient intelligence, un “lugar” en el que personas, proyectos y objetos que configuran un entorno pueden interactuar para fomentar la serendipia, el conocimiento y la creación colectiva.

Hablamos, claro está, de procesos claramente locales, horizontales y distribuidos. Procesos que devuelven a la ciudad su carácter de espacio de aprendizaje, como bien nos recuerdan Paco González y Enric Senabre.

La cuestión es, ¿cómo lo conseguimos?

Casi todos tenemos un smartphone, o por lo menos un ordenador con acceso a Internet. Estos dispositivos nos dan acceso a la cuarta dimensión (SentientID).

La cuarta dimensión nace cuando nos encontramos en un ambient intelligence. Se trata de la conexión definitiva entre el espacio, el tiempo y la capa de información. Virilio temía que esa capa de información se comería las demás de facetas de la realidad, sin embargo ese peligro ya no existe gracias a la hibridación.

El disponer de información en tiempo real de todo lo que nos rodea aumenta las posibilidades de crear espacios comunes de interacción. Internet nos permite relacionar la información digital de todos los agentes “sensibles” que configuran un mismo entorno físico y que podamos acceder a ella en tiempo real, por eso es en Internet donde se dan con más facilidad la construcción de este tipo de espacios.

Ahora tenemos la capacidad de trasladar todo ese potencial que se genera en Internet al espacio físico. Tenemos la capacidad de conocer los proyectos, las pasiones, las ideas y los deseos que laten en las calles y en los hogares de nuestro barrio. No se trata de conocer la vida íntima de cada vecino sino de tener una idea general sobre lo que ocurre a nuestro alrededor, como cuando salimos a la calle un día soleado tras varios días de lluvia y notamos que todo el mundo parece feliz. Esta sensibilidad al entorno (ambient awareness, en inglés) es algo que está en peligro de extinción.

mi identidad la busco en los demas

Si nos paramos a pensar, sabemos qué ocurre al otro lado del Atlántico pero si alguien nos preguntara qué pasa en el barrio, posiblemente contestaríamos que en nuestro barrio nunca pasa nada.

El progreso nos ha quitado la ambient awareness y el progreso nos la devuelve a través del uso de dispositivos con acceso a Internet. La sensibilidad al entorno no puede existir si no disponemos de información en tiempo real y contextualizada. Mediante el intercambio de esta información recuperamos ambient awareness, la base para sobre la que construir ese lugar de creación que hemos llamado ambient intelligence.

Dicho de otra manera: la interacción que podemos tener con nuestros vecinos y la cantidad de información digital relacionada con nuestro entorno físico no pasa por un modelo automático que define a los ciudadanos como autómatas guiados por máquinas. Los dispositivos en este caso son un mero instrumento y nos sirven para seleccionar la información necesaria para crear ambient awareness y, cuando nosotros lo deseamos, dar un paso más y conectar con aquello que nos llama más la atención.

Peuplade, por ejemplo es una red social hiper-local nacida en París en 2003 y que ya funciona en 16 ciudades francesas. Conecta a los vecinos de calles y barrios y facilita que se organicen iniciativas como establecer turnos para acompañar a los niños al colegio, celebrar fiestas, etc. También permite crear bancos de tiempo e intercambiar objetos y servicios.

En la misma línea, Voisin-age permite a los vecinos de un barrio conocerse y organizarse para ayudar a personas mayores que viven solas.

Lo más interesante de Peuplade y de Voisin-age son los efectos indirectos: dan la oportunidad a la gente de conocerse y establecer relaciones. Es decir, crean ambient awareness y fomentan ambient intelligence, ingredientes indispensables para la solidaridad social.

También han surgido herramientas más flexibles y adaptadas a dispositivos móviles. Por ejemplo, Whatif (de Ecosistema Urbano) y Neighborland. Esta última conecta a personas con ideas afines, iniciativas y recursos. Permite evaluar qué quieren los residentes de las diferentes áreas y espacios públicos del barrio. Además, al poner sobre la mesa las demandas vecinales y demostrar que hay una base de clientes viables, promueve el espíritu empresarial en el barrio.

Son prototipos, pioneros en el acercamiento a la ambient intelligence y a la cuarta dimensión. Les falta mejorar en su conexión con lo más cercano y con el tiempo real.

la democratización de la tecnología

Las inquietudes de Paul Virilio derivan de un uso de la tecnología de la información que hasta hace muy poco nada tenía de horizontal ni de distribuido, incluso en Internet. Ahora que los ciudadanos tenemos las manos en la masa es imperativo que adquiramos la capacidad, sobre todo cultural, de entender la tecnología como un medio y que lo aprovechemos para experimentar nuevos modelos de relación con el entorno físico y las personas que nos rodean. Nos tenemos que adueñar de la tecnología, humanizarla y dejar de pensar en ella como una novedad.

Pensad en ello: la clave para una ciudad realmente atractiva es pasar del paradigma del consumo de espacios y experiencias a la creación de espacios y plataformas para el aprendizaje colectivo.

 

Artículo previamente publicado en La Ciudad Viva, desarrollado por Domenico Di Siena (@urbanohumano), con la colaboración de Manon Bublot (@heterotopie) y Marisa Rodríguez (@la_madalena) para Ecosistema Urbano (@ecosistema).

Imágenes por @lacasinegra, una selección a partir de la presentación: “40 frames de termitas, ¿existe un cine sin cine?”

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Conversaciones de ascensor en una ciudad sin intermedios

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Retomamos otro artículo publicado previamente en La Ciudad Viva que expone una visión personal, cotidiana y desenfadada sobre los no-lugares intermedios, los resquicios olvidados entre ciudad y vivienda.

 

Soy arquitecto —lo confieso—, pero como a tantas otras personas me ha tocado vivir en sitios creados, no según principios arquitectónicos, sino por requerimientos inmobiliarios, que por desgracia son muy diferentes. En cualquier caso, lo que hoy me gustaría contar es algo que he vivido como habitante, como usuario, como vecino, como visitante, en el día a día de mi ciudad, y con lo que cualquiera podría sentirse identificado.

¿Os habéis encontrado alguna vez con alguien en el ascensor? Seguro que sí. Aunque a veces me da la sensación de que los ascensores modernos están diseñados para evitarlo, muchas veces ocurre. Y seguro que os sonará esta conversación, palabra arriba, palabra abajo:

Conversación de ascensor

¿Os habéis preguntado alguna vez por qué somos tan escuetos en esos encuentros? Yo le he dado algunas vueltas —especialmente entre las plantas segunda y quinta—, y entre muchas posibles razones como podría ser sentir antipatía hacia ese vecino, ser tímido, no estar de humor, etc. he acabado descubriendo una muy sencilla: porque en un ascensor es prácticamente imposible mantener una conversación.

Lo he intentado varias veces, y siempre acabamos igual: uno de los dos interlocutores ya de pie en su pasillo, cargado con las bolsas de la compra, y el otro dentro del ascensor, con el dedo puesto en el botón que impide que las puertas se cierren y corten alguna frase en dos como una guillotina; ambos intentando alargar un momento fugaz de encuentro. Se me ocurren muchas situaciones en las que me apetecería conversar, pero casi todas tienen una luz más bonita, un espacio más acogedor, una postura más cómoda y algo más de tiempo por delante.

Como consecuencia inevitable de esta dificultad, llegamos a evitar encontrarnos con otra gente en el ascensor, condenados a una presencia y un silencio forzados. La mayoría de las veces sólo los niños, directos a lo que les interesa sin convenciones y cortesías de por medio, son capaces de comenzar y acabar una micro-conversación de ascensor, con una observación o una pregunta directa, y aún así tampoco es un lugar en el que quieran estar.

¡Que alguien diga algo! - Silencios incómodos de ascensor

Basta un breve paseo por redes sociales como Facebook para ver el sintomático —e hilarante— imaginario colectivo que hay alrededor de todo esto:

Mirar los botones del ascensor cuando subo con alguien desconocido
Rogarle al ascensor que cierre sus puertas antes de que llegue la vecina
No sé qué hacer cuando subo o bajo en ascensor con un desconocido

Yo también cuando estoy en un ascensor y sube gente me quedo mirando el piso
Por esos momentos de silencio en el ascensor con los vecinos

Y es que un ascensor es uno de los no-lugares más conseguidos que existen. Es casi imposible lugarizarlo, hasta el punto de llegar a convertirse por ello en un reto, objeto de las fantasías más íntimas. El tiempo compartido en ese reducido espacio es mínimo, apenas da para cruzar tres o cuatro frases. La presencia física es forzosamente cercana, nada natural. Incluso la orientación espacial se anula, dificultando la percepción de la velocidad, la dirección, la ubicación y la orientación. Recuerdo lo incomprensible que le parecía a mi abuelo que la casa de mis tíos diera a la misma calle por la que él había entrado. El ascensor le convertía el edificio en un auténtico Escher.

Pues bien, gran parte de lo dicho sobre los ascensores también se podría decir del resto de espacios comunes en la mayoría de los vecindarios urbanos que conozco. Entre la vastedad impersonal de la ciudad y la intimidad de la vivienda faltan espacios de relación intermedios que pudieran ser casi tan variados como la primera y casi tan cómodos como la segunda. Todo lo que hay es un sistema de espacios dedicados al transporte y la clasificación alfanumérica de personas y objetos, sin ninguna otra función posible. En ese aspecto, el recorrido de acceso desde la calle a un apartamento no se diferencia en nada de, digamos, los túneles de la M-30, y las políticas de desarrollo urbano actuales nos están llevando cada vez más a la ciudad de paso, la ciudad archivador, la ciudad ascensor: una ciudad sin resquicios donde la vida social pueda ocurrir.

Esquema típico de acceso a un edificio de viviendas

Cuando alguien a mi lado saca a colación el clásico debate sobre si la arquitectura puede o no mejorar la sociedad y la vida de las personas, suele venirme a la cabeza todo esto: parece que, por lo menos, puede empeorarla. Eliminando espacios de actividad, limitando las oportunidades de encuentro, clasificando actividades en compartimentos estancos y excluyendo el lado social de las personas.

A veces, al hablar de estos temas, algunos me han planteado ciertas dudas dignas de atención: ¿Y si la arquitectura y el urbanismo “inmobiliarizados”, hechos por pura ley de mercado, responden realmente a una demanda? Si se hacen de esa manera, ¿será por alguna otra razón más allá de optimizar el espacio para aumentar el rendimiento económico? ¿Y si resulta que la gente quiere vivir así? Llegar a su casa por un pasadizo secreto, reducir al máximo el camino desde el coche hasta el recibidor, no ver ni oír jamás al vecino, ocultar todas sus actividades al resto…

Hay al menos dos cosas que me hacen pensar que no es así, al menos no como para justificar la forma tan masiva en que se han extendido los edificios-archivador:

Por un lado —y esto daría para un artículo aparte— hay que tener en cuenta que la calidad de la arquitectura y el urbanismo no se puede relacionar tan directamente con la respuesta del mercado. La arquitectura no es un bien de consumo opcional —si no te gusta o no te lo puedes permitir, no lo compras— sino que responde a varias motivaciones que podríamos situar a distintos niveles de profundidad en modelos como la pirámide de Maslow. La necesidad, incondicional y previa a muchas otras, de tener una vivienda influye mucho más que otros factores como el precio o la calidad, así que el hecho de que la gente las acepte tal y como se diseñan y construyen hoy día no es un indicador nada fiable de su calidad.

Por otro lado, tampoco me creo que la gente quiera vivir así, al menos no exclusivamente y por “imperativo arquitectónico”. En nuestra vida diaria podemos observar que vivimos en un pulso perpetuo entre las necesidades de intimidad y reconocimiento, de retiro y convivencia, de autonomía y relación, y otras muchas. Un pulso que si se desequilibra, puede provocar anomalías de comportamiento. Por ejemplo, la curiosidad hacia la vida de los demás es algo que está en la naturaleza humana, nos permite identificarnos con otros, establecer lazos, aprender conductas y transmitir conocimientos, en definitiva formar una sociedad y una cultura con los demás. Todos somos un poco voyeurs —de ahí el éxito de la prensa rosa—, y si se nos permite serlo de forma natural, rara vez llegaremos a rozar lo enfermizo. De la misma manera, todos somos también un poco exhibicionistas, un poco juerguistas, un poco entrometidos… en suma y por así decirlo, bastante gregarios.

No podemos evitarlo. Conquistamos nuestros pasillos con alfombrillas de diseños varios, colgamos elementos decorativos en las puertas, colocamos plantas que luego cuidamos con esmero, e incluso sacamos pequeños muebles auxiliares, fragmentos domésticos que pugnan por salir al espacio común y acaban casi siempre convirtiéndose en la única señal de vida humana entre el número del portal y la letra de la puerta.

Welcome, pero...

Otro pequeño ejemplo: En el edificio donde vivo, como en muchos otros, las plazas de garaje tienen trasteros detrás. Todos sabemos cómo es un garaje subterráneo comunitario: es un espacio oscuro, crudo, frío, absolutamente inhóspito. Otro no-lugar de manual, en el que parece que nada bueno podría suceder. Pero sucede. Una tarde, estando en mi trastero —acondicionado como taller casero de bicicletas, chapuzas caseras y maquetas—, oigo el sonido de una radio, y al asomarme al garaje me encuentro que hay dos trasteros más abiertos, arrojando franjas de luz cálida sobre los coches. En cada uno se adivina un pequeño paraíso personal de bricoleur, o de coleccionista, o de aficionado al modelismo. De uno de ellos sale el sonido de la radio, del otro, el de una sierra de calar. Un vecino sale y entra llevando piezas de madera que va cortando. Al rato, el otro aparece en la puerta preguntando por ciertos tornillos que le faltan. Y cuando nos damos cuenta, nos encontramos sumidos en la magia social que nace de las actividades, los intereses y los espacios compartidos.

¿Por qué no hay un lugar para todo eso en nuestras ciudades y edificios? ¿Y qué lugar sería ese?

Esa pregunta tendríamos que respondérnosla todos, arquitectos o no. Para mí, sería un lugar intermedio, un resquicio habitable entre lo privado de la vivienda y lo público de la calle. Un lugar donde pudiéramos sacar aquello que quisiéramos exhibir, o realizar las actividades en las que no nos importara ser observados y encontrarnos voluntariamente con otros… o no. Si lográramos salvar los primeros miedos y prejuicios que tenemos tras largos años de vecindad constreñida, parca y enrarecida, si pudiéramos salir del círculo vicioso de desconocimiento y recelo, si nos reeducáramos poco a poco en nuevas maneras de respetar y aprovechar lo colectivo…

… ¿qué podría pasar si parte del espacio de cada propietario estuviera en el espacio común, y tuviera derecho a personalizarlo y ocuparlo? ¿Si en cada acceso o planta hubiera espacio, ventilación, buena temperatura y luz? ¿Qué podría suceder si los ascensores fueran transparentes, y permitieran ver esos espacios comunes previos a cada vivienda? ¿Y si incluyeran pantallas, tablones de anuncios, o pequeñas bibliotecas? ¿O si tuvieran un control manual de velocidad, pudiendo pararse a cualquier altura y volver atrás? ¿Qué podría ocurrir si los trasteros-talleres dieran a esos espacios, o al patio común, o a la piscina?

A la vez, añadiendo una dimensión más contemporánea, podríamos hablar de la creación de otro lugar intermedio entre lo privado de nuestro ordenador o nuestro móvil, y lo público de Internet. Otra nueva clase de espacio compartido que funcionaría en paralelo —pero siempre en relación cercana— con el espacio físico y en el que, salvando incluso las actuales barreras arquitectónicas en las que nos hemos encerrado, el concepto de vecindad pudiera comenzar a revivir y florecer… Pero eso mejor lo dejamos para otro artículo.

 

Texto e ilustraciones por Jorge Toledo (@eldelacajita) para Ecosistema Urbano (@ecosistema). Publicado previamente en La Ciudad Viva (@ecosistema).

Os recomendamos pasaros por el post original para seguir el interesante debate desarrollado en los comentarios.

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La integración de los inmigrantes

Category: ⚐ ES+LCV

Aunque los países hayan cambiado su política de la inmigración por una proclama de inmigración cero, incluidos aquellos que históricamente se han mostrado a favor de ésta, todos tienen que relacionarse por lo menos con los inmigrantes que ya se han establecido de manera permanente en su territorio. A pesar del descenso del flujo de inmigrantes sigue siendo necesario el plantear políticas de integración y convivencia.

En Europa la inmigración no es un fenómeno reciente pero ningún modelo europeo parece haber solucionado la cuestión de la integración, que de hecho se ha convertido cada vez más en un problema. Sociólogos, políticos, urbanistas, y ciudadanos nos preguntamos por qué. Algunos, hasta nos atrevemos a sugerir algunas respuestas.

Si nos limitamos a hablar de Europa, podemos resumir en dos tipos las medidas adoptadas por los estados en temas de inmigración: medidas multiculturales y medidas asimilacionistas.

El Inmigrante, on the corner of 23rd Street and Shotwell was executed by Joel Bergner in 2005“El inmigrante”, obra de Joel Bergner, foto de Wally Gobetz

El multiculturalismo puede ser definido como un enfoque cultural, una manera de concebir la sociedad que contrasta con los intentos de homogeneización de la década de 1980 del siglo XX, que aboga por el respeto a la identidad cultural y a la diversidad.

A partir de este principio se han desarrollado modelos políticos donde las diferencias no son solo reconocidas, sino promovidas, y consideradas como la base para una convivencia pacífica y enriquecedora. Un ejemplo emblemático fue la sociedad británica de los ‘60 con su proyecto político de construcción de una comunidad de comunidades: a los inmigrantes se les permitía conservar su lengua sin que ello les impidiese adquirir la ciudadanía y las leyes contra la discriminación les garantizaban la igualdad de trato ante la ley.

En general, los estados de tradición liberal como Gran Bretaña, Países Bajos —y fuera de Europa Australia, Canadá y Estados Unido—- adoptaron políticas multiculturales, aunque por razones distintas en cada caso.

El modelo de Gran Bretaña no se puede considerar un éxito. Pese a la nobleza de sus principios, la política multiculturalista ha producido casos de aislamiento y la concentración de problemáticas, sin generar como contrapunto una disminución del racismo, tal y como demuestra el resurgimiento de partidos políticos conservadores y nacionalistas en toda Europa.

Por otro lado, países como Francia o Alemana optaron por políticas de asimilación, basadas en que los inmigrantes deben integrarse en la estructura de la sociedad de acogida. De hecho, Francia, en particular, siempre se ha mostrado a favor de la inmigración. Su modelo asimilacionista no procede de la naturaleza étnica del estado francés, sino de sus raíces históricas, que se refundan en la Revolución Francesa del 1789 y en la “Carta de los derechos del hombre y del ciudadano”, que afirma que las personas deben convivir sin importar ni su religión ni su cultura de origen.

Las revueltas de los “banlieues” en 2005 confirmaron el fracaso de ese tipo de modelo y demostraron que no es fácil para los inmigrantes encontrar un lugar en el que se dé un equilibrio entre sus raíces, su individualidad y su deseo de pertenencia.

“Periferia rebelde”, foto de Claudio Cáceres“Periferia rebelde”, foto de Claudio Cáceres

Hoy en día los estados parecen estar de acuerdo en que son los inmigrantes quienes deben integrarse y ajustarse, aunque no se sabe exactamente a qué valores. Lo que se está promoviendo es un modelo de tipo neoasimilacionista. El mismo por el que Francia estableció en 2006 el Contrato de Acogida e Integración (CAI), una especie de pacto republicano entre el inmigrante y el estado francés que los recién llegados están obligados a firmar. De esta forma, el estado francés reconoce que ciudadanía e identidad pertenecen a dos registros distintos, y que la una no excluye a la otra.

Es verdad que la identidad tiene más de una forma. Todos podemos ser a la vez ciudadanos, creyentes, hijos y padres. Pero hasta que no creemos un horizonte de valores comunes donde los individuos de las nuevas sociedades plurales se reconozcan, los recién llegados volverán a sus raíces en busca de un conjunto de valores en los cuales se puedan reconocer. La insistencia misma del estado francés en continuar afirmando su naturaleza neutral y su voluntad por relegar la religión al ámbito privado, sin tener en cuenta, por ejemplo, las protestas por el uso del velo, parece un falta de reconocimiento a un gran número de ciudadanos que rechazan esta neutralidad, como si estos ciudadanos, por pasar a ser franceses, debieran abandonar sus raíces y parte de su cultura.

La presencia masiva de casos de segregación en el espacio de la ciudad, tanto en Francia como en Gran Bretaña, confirman una vez más la escasa eficacia de ambas políticas de integración. Algunos comparan las Zonas Urbanas Sensibles francesas con los getos americanos.

En efecto, la desigualdad de ingresos y las prácticas discriminatorias en el mercado de la vivienda conducen a la concentración desproporcionada de minorías étnicas en determinadas zonas urbanas. Por otro lado, cada grupo tiende a utilizar su concentración como forma de protección y ayuda mutua como respuesta a la falta del horizonte de valores comunes mencionado anteriormente. La acción defensiva de los grupos termina por reforzar el patrón segregación social.

Instalación vecinal en Lavapiés, foto de Olmo CalvoInstalación vecinal en Lavapiés, foto de Olmo Calvo

La política de urbanización debería formar parte del paquete de medidas para la integración de inmigrantes, a fin de evitar que se produzcan fenómenos de urbanización “cerrada” y lograr que la ciudad receptora sea también una ciudad inclusiva.

A la preocupación de los urbanistas por integrar las distintas clases sociales, se suma la necesidad de lograr la integración étnica. Según Juan Díez Nicolás, la ola de violencia que asoló en Francia no se ha producido en Madrid gracias a que el urbanismo vertical de la ciudad favorece la integración de los inmigrantes.

Ciertamente, la política urbana puede favorecer la integración, aunque no es suficiente de por sí. De nuevo el problema se plantea en términos de pertenencia, de formar parte y de participar, en definitiva, en la construcción del espacio común.

Para terminar, me permito sugerir un artículo que cita el académico y politólogo Joan Prats i Català, donde se resume el problema de la integración, que es un problema político y epistemológico al mismo tiempo:

Una población poco comprometida en el hacer ciudad acostumbra a favorecer las actitudes de rechazo hacia la diferencia. Por el contrario una ciudadanía activa y comprometida demandará una política comunitaria y multidimensional, basada no solo el la protección de un espacio publico para que sea un espacio de encuentro y convivencia, sino también en la promoción social de los infractores y de prevención para lograr canalizar positivamente la conflictividad social explicita y latente que está en el origen de las situaciones de violencia. Es decir, una ciudadanía socialmente activa reclama una ciudad socialmente inclusiva, es decir, construida de manera compartida entre los distintos actores y los distintos sectores de la ciudadanía.

 

Texto escrito por Valentina Brogna (valentinabrogna@yahoo.it) para Ecosistema Urbano, publicado previamente en La Ciudad Viva (@laciudadviva).

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15 metros no son nada. Un abismo.

Category: ⚐ ES+espacio público+LCV

15 metros no son nada - ilustración por Jaime Eizaguirre

Imaginemos una playa en la Costa Blanca. Una playa que tuvo un pasado de esplendor con sus sistemas de dunas y rocas en los extremos. El sutil arco de la playa conoció tiempos mejores y hoy sujeta a una docena larga de edificios de entre 15 y 20 plantas encajados perpendicularmente. La temporada alta arranca y a principios de junio todavía se puede plantar la sombrilla sin trepanar un cráneo enrojecido o un pie cubierto de aftersun. En la playa sobre todo hay extranjeros. Entre ellos hay una infinita gama de matices y orígenes. Hay un público tradicional alemán, francés o italiano con algunos nativos infiltrados, pero mas bien pocos. También hay turistas del este de Europa, sobre todo rusos. Esto es lo que predomina en ese arco de la playa que jalonado por un paseo marítimo la separa de las construcciones y las tiendas y restaurantes.

El paseo, de alguna manera, es un no-lugar entre la contundencia de la playa y su arena ardiente. Es también la vaga promesa de una sombra y un aliento de refresco en los bares, terrazas y restaurantes de diversa naturaleza e intención. También hay algunos negocios, no por idénticos más atractivos, donde se vende todo –absolutamente todo– lo que puede necesitar un mortal en el acto playero.

15 metros no son nada - ilustración por Jaime Eizaguirre

Este arco enlosado con conjuntos de palmeras y las rampas que suben desde la playa son también un lugar de negocio invisible para el que no mira. En el paseo comienza el rango de la suerte o la miseria. A lo largo del paseo se establecen efímeros comercios amparados no tanto a la sombra de una palmera sino mas bien fuera del alcance de la autoridad. Vendedores de gafas de origen subsahariano, que han traído o encontrado aquí una familia ya hecha o por hacer. A veces las mujeres hacen trencitas afro a jovencitas casi albinas a punto de estallar de insolación. Un hombre vende gafas a la sombra de una palmera y al lado una mujer con niña habla con él de sus cosas.

Un poco mas allá una mujer china ofrece masajes milenarios con la ayuda de un mapa del cuerpo humano con indicaciones indescifrables. Cerca, grupos de alemanes, generalmente hombres de mediana edad y gesto de vacación acuden como polillas a la llamada de un trilero rumano y sus compinches que les embaucan y les gana buenas cantidades de Euros ante el estupor indestructible del que creía, por enésima vez, que la sagacidad –y la suerte– están siempre de su parte.
El paseo marítimo esta habitado por todos ellos que buscan el negocio entre los cientos de turistas que deambulan por él durante la mañana y parte de la tarde. Tienden sus artes de pesca esperando capturar un cliente que por un precio irrisorio cierre una transacción o sea engañado a su antojo. La mayoría de ellos no tienen apenas recursos. Son nómadas que plantan su genero a la vista, pero discretos, a la espera del turista ingenuo y evitando al comerciante del paseo y a su insidiosa tendencia a contárselo a la policía local que a veces hace cansino acto de presencia. Carreras o amagos de carreras como las palomas cuando escapan del neumático inminente.

15 metros no son nada - ilustración por Jaime Eizaguirre

A penas un metro mas allá en la vera del paseo, justo antes de arrancar las torres en su esplendor de pasadas décadas, hay una línea de negocios de playa. En ellos la mayoría del personal es diferente, gozan de un empleo y de papeles y muchos denotan ya años de estancia. Son camareros, mozos, cocineras, limpiadoras que atienden a turistas blancos que reviven la alucinación diaria de estar en una terraza bajo el sol tomando una cerveza meditando sobre las diferencias climáticas con el lugar de origen. Se ven tatuajes en brazos raídos, jovencitas que viajan en familia, y salen por la noche quizá por primera vez, obesos de cabeza rapada y gesto dominante, entre otras estéticas.
Los trabajadores son en su mayoría latinos o europeos del este, son casi siempre mujeres que hacen sus faenas bajo la atenta mirada de un encargado o un jefe local.

En esos pocos metros del ancho del paseo conviven vidas antipódicas que resultan inverosímiles para unos y otros. Estos espacios públicos diseñados sin mas afán que la explotación comercial y reinventados en los últimos años sin mucha mas fortuna, son auténticos flujos de personas estratosféricas entre si. La franja del paseo y las torres que le dan sombra por la tarde desde poniente, son un yacimiento de recursos para los empresarios locales. Un filón donde se concentra la actividad, de baja intensidad pero rentable por ser numerosa. En ocasiones se producen quejas. Los negros no pagan impuestos ni venden productos homologados y compiten de manera agresiva con las tiendas, dicen. Abordan a las clientas sobre todo de mediana edad que les rechazan después de hacerse de rogar sin dejar de valorar sus cuerpos esculturales y preguntarse como lo harán viviendo como viven. Esto y poco mas –el trile y el carterista, motivan a menudo la tensión con los comerciantes locales que se lamentan de la falta de seguridad de la playa, de la amenaza que se cierne sobre sus intereses y la inminente ruina de un negocio basado en precios cada vez mas bajos que atrae a un turismo poco exigente y cada vez de calidad mas baja. La falta de seguridad percibida como causa permanente del declive del modelo a menudo impide reflexionar sobre las causas mas profundas del mismo.

15 metros no son nada - ilustración por Jaime Eizaguirre

El espacio es simultáneamente consumido por turistas y visitantes y usado por residentes y trabajadores. La cartografía de este espacio, que es urbano sin estar propiamente en una ciudad, se plantea como una sucesión de estratos o capas donde conviven diversas lógicas de uso y de consumo en muy poco espacio físico. Esto hace que las percepciones e interacciones entre los distintos grupos que conviven varíen de forma radical según el propósito del uso y consumo que se vaya a hacer del espacio. Muchas de estas interacciones se articulan entre si de manera simbiótica o conflictiva. Otras son simplemente inexistentes entre unos y otros.
Los espacios en conflicto, tangibles –el paseo marítimo, por ejemplo- o los intangibles –la competencia comercial- se manifiesta de forma caleidoscópica entre los distintos actores, que participan de la economía formal e informal, si bien en una relación asimétrica entre unos y otros. En el caso de los actores de la economía informal, la competencia por el espacio y los potenciales clientes genera, así mismo, un conflicto menos visible al público pero igualmente intenso, donde se agrupan intereses individuales y colectivos articulados sobre las redes de origen étnico, las organizaciones que controlan a parte de los vendedores y proveedores de servicios y las tensiones entre unos y otros.
Por otro lado, la dimensión tiempo en el paseo marítimo se articula sobre parámetros diferentes a los de un entorno urbano “normal”. Es la estacionalidad y sus fases las que determinan las pautas de apropiación y uso y por lo tanto las dinámicas de transformación del espacio público (o semipúblico) en lugar. Asumiendo que la dimensión de lugar se adquiere mediante los usos sociales y la generación de identidades sobre significados resulta relevante entender la superposición de varios planos sociales o espaciales desde este punto de vista. El proceso de construcción social del lugar varia en estos entornos turísticos enormemente entre los distintos grupos. Para comerciantes y propietarios, muchos de ellos locales, otros foráneos, pero con cierto arraigo, existen unos significados que se construyen sobre la “historia” del lugar, su transformación y evolución en el tiempo, incluso su vinculación con el entorno urbano y rural inmediato, o sectorial.

Por otro lado, para los actores que tienen usos mas efímeros del espacio, sea por su condición de turistas, sea por su condición de trabajadores, generalmente en la economía informal, la gestión de la relación con el espacio público es muy distinta. Los turistas han de hacerlo con unas constricciones temporales muy limitadas, si bien la relación con el espacio, o con el ideal que representa dicho espacio, hace que sea fácil construir, y apropiarse de significados que facilitan la “lugarización” de dicho espacio. Dicho de otro modo, este tipo de espacios no se consumen tanto por si mismo, sino por lo que representa como lugar abstracto de consumo del concepto de “sol y playa”. No obstante para los turistas, algunos incluso transformados en residentes o en visitantes reincidentes estos procesos se consolidan con temporalidades mas extensas y una relación con el espacio mas estable y reconocible a la hora de construir conjuntos de significados y vincularlos a una experiencia vital prolongada.
Por otro lado, desde los otros planos socio-estratigráficos que mencionamos, como por ejemplo los vendedores ambulantes, la temporalidad es también crítica a la hora de gestionar la relación del individuo con el espacio. Dicha temporalidad estará marcada por la incertidumbre de una situación jurídica, por la fragilidad de una actividad económica dependiente de factores como la presión de la policía, de los comerciantes, de la competencia de otros vendedores o proveedores de servicios informales entre otros. A todo ello se une la estacionalidad y los ciclos de hibernación y restablecimiento de la actividad turística, y su dependencia de factores exógenos impredecibles: avatares políticos en los propios países o las catástrofes naturales y financieras.

Todo esto hace de la playa y su paseo, para el conjunto de todos ellos, visibles e invisibles, un ecosistema funcional donde ocio y esfuerzo, placer e incertidumbre, poder y subordinación se cruzan en los quince metros del ancho del paseo marítimo, que no son nada.

 

Texto por Andrés Walliser (@AndresWalliser) e ilustración por Jaime Eizaguirre (@eiza) para Ecosistema Urbano (@ecosistema), publicados previamente en La Ciudad Viva (@laciudadviva).

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Píldoras para el miedo

Category: ⚐ ES+espacio público+LCV+urban social design

Durante las pasadas semanas, en Madrid se ha discutido sobre la regulación de la música callejera. La propuesta de ley, impulsada por la Delegación de Medioambiente y respaldada por un buen número de asociaciones vecinales, se dirigía a la disminución de las molestias generadas por una de las más tradicionales prácticas de libre expresión urbanas.

Podemos considerar el episodio como otra manifestación de una tendencia de las ciudades a la “planificación total” de las actividades y los usos: la socialización tiene lugar en bares, el deporte en polideportivos, el ocio dominguero en parques etcétera.

Los espacios de vida se especializan hasta ser monotemáticos, y a raíz de esto la calle se queda afuera.

Manuel Delgado constata:

“[…] Se entiende que dentro [de los edificios N.d.A.] rigen principios de convivencia basados en un pacto de franqueza y previsibilidad. En la instancia social estructurada que ese dentro suele albergar se registran relaciones estabilizadas, como las que vinculan entre sí, por ejemplo, al empleado con su jefe o, en el máximo nivel de privacidad interpersonal, al marido con su esposa. Dentro, tras las puertas y las paredes construidas, bajo techo, se encuentran las sedes de las diferente instituciones primarias, en cuyo seno uno reconoce y ve reconocido su puesto en un organigrama de puntos más bien fijos.[…]

En cambio, el afuera se asocia al espacio no construido y, por tanto, no habitable, vasta comarca en que tienen sede formas de organización social inestables. la calle y la plaza son los afueras por excelencia, donde, al aire libre, tiene lugar una actividad poco anclada, en la que la casualidad y la indeterminación juegan un papel importante. […]

El adentro tiene límites, por el contrario, el afuera es paisaje ilimitado en que no vive apenas nadie y por el que lo único que cabe hacer es deslizarse.”

En un avanzado proceso de expoliación de las funciones sociales del espacio público y de transformación del afuera en lo que Bauman define como espacio émico o fágico los bancos y los asientos son el primer obstáculo. Se oponen al tránsito, favorecen el encuentro, se usan para el reposo y el ocio.

Citando a Steven Flusty, Bauman afirma que la ciudad contemporánea usa medios arquitectónicos que son versiones técnicamente actualizadas de las murallas y las torres medievales, necesarios para defender unos ciudadanos de otros a los que se atribuye el estatus de enemigos.

Flusty evidencia tipologías que nos deberían resultar familiares: el espacio erizado, defendido por elementos que impiden sentarse y que no puede ocuparse cómodamente, o el espacio nervioso, que no se puede usar sin ser observados por organismos de control.

Estos medios vacían gradualmente el espacio público de su sentido más profundo, bajo un pacto social que, en muchas ocasiones, es compartido por los ciudadanos.

Sin embargo la sociedad necesita habitar el afuera.

Según Rebecca Solnit sólo los ciudadanos que tienen familiaridad con su ciudad como territorio práctico pueden ser capaces de ejercer un verdadero control social. Cuando se limita el derecho de reunirse quitando los bancos de una plaza, fomentando el uso del coche o con una ley antibotellón, en realidad se está eliminando el público mismo: el individuo deja de ser un ciudadano capaz de actuar en comunidad.

En este espacio vaciado de usos sociales queda la paranoia urbana basada en el miedo a las diferencias, y sobre todo al ejercicio de las diferencias, cuyos protagonistas son marginales, extranjeros e individuos peligrosos en general.

Por otro lado, queda la sumisión total del espacio público al hiperconsumo, que como afirma Carlos Taibo es antes un indicador de malestar que una fuente de felicidad.

Banco Guerrilla

En el 2008, en Valparaíso (Chile) en la vigilia de una importante manifestación, todo el mobiliario del centro de la ciudad fue desinstalado para que no fuese usado como arma o para formar barricadas.

En nuestras ciudades también los bancos pueden ser hoy las trincheras en las que se combate la guerrilla entre un espacio cuyos usos son totalmente planificados y la libre determinación por parte de los usuarios. El mobiliario urbano es la primera interfaz para el sistema operativo urbano, la herramienta material para el ejercicio de la ciudadanía en todos sus sentidos.

De estas premisas se desarrolla el proyecto “Banco Guerrilla” del colectivo Todo por la Praxis:

“Este proyecto reflexiona sobre la importancia del mobiliario como articulador de dinámicas sociales más allá de las puramente consumistas. Por lo que se plantea una metodología de working progress, donde haya espacio de experimentación y reflexión.

El punto de partida será el trabajo desarrollado en talleres que se desarrollen en diferentes solares de Madrid, este contexto nos permite establecer unas condiciones abiertas para la experimentación tanto en lo formal como lo constructivo.

Una de las condiciones auto-impuestas es tener como premisa una ejecución de bajo coste y de fácil montaje. Se plantea la realización de bancos como punto de partida que se construyen a través de la reutilización y reciclaje de otros objetos de mobiliario urbano, como señales de trafico , cubos de basura o la utilización de material de andamiaje y obra como bidones de agua etc. Mediante sencillas intervenciones se plantea la transformación de estos elementos en objetos de mobiliario urbano.”

Interviniendo sobre la “interfaz” y las “periféricas” de nuestras plug-in cities, es posible resignificar una metrópolis entera, aunque la ciudad de hoy no sea una cancha abierta donde cualquier jugador puede legitimarse con el trabajo.

Para toda una generación de jóvenes arquitectos, urbanistas, artistas y activistas de vario género, intervenir sobre la estructura de la ciudad global es imposible.

Estos actores, que quieren ser protagonistas del cambio, se mueven en una capa superestructural, jugando un papel de hackers y cambiando, a través de pequeñas intervenciones, el paisaje urbano de forma sutil y paciente.

El espacio público es lugar de trabajo de estos colectivos, la guerrilla y las intervenciones en píldora su metodología, otra ciudad su objetivo.

Texto escrito por Massimiliano Casu para Ecosistema Urbano, y previamente publicado en el blog de La Ciudad Viva – Fotos: Todo por la Praxis

Referencias

Z. Bauman – City Of Fears, City Of Hopes – http://cms.gold.ac.uk/media/city.pdf
R. Solnit – Wanderlust: A History of Walking, Penguin Books, 2001
M. Delgado – Sociedades movedizas, Editorial Anagrama, 2007
Todo por la Praxis – http://www.todoporlapraxis.es/
Blog de Maximiliano Casu – http://50tav3nt0.wordpress.com/

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Ciudades de Código Abierto. Hacia nuevos modelos de gobernanza local

Category: ⚐ ES+cultura abierta+espacios sensibles | sentient city+LCV


Imagen de Joshua Gajownik modificada por Francesco Cingolani.

Control y Descentralización

Las redes sociales potencian un nuevo tipo de control: un control descentralizado operado por una pluralidad de individuos independientes que colaboran utilizando capacidades repartidas de comunicación horizontal. Las Tecnologías de Información y Comunicación (TICs) representan una oportunidad para mejorar nuestra capacidad de gestión del territorio. Éstas se pueden usar para fines completamente distintos y contrapuestos. Por un lado, se puede aprovechar su enorme capacidad de proceso de datos para centralizar toda la información e intentar “solucionar” la complejidad urbana; pero también se pueden usar para abrir y descentralizar la toma de decisiones.

Sería interesante investigar cómo las TICs permiten definir una estructura de gestión urbana donde polos de control discontinuo vivan entre un entorno de auto-determinación y libertad. Una idea muy cercana a la definición del concepto de “tensegrity” que hace Buckminster Fuller: “islas en compresión dentro un océano en tensión”.

Gracias a las nuevas tecnologías y a algunas “mutaciones” culturales, sistemas y mundos, antes totalmente cerrados y muchas veces poco transparentes, se abren a la participación de agentes (y personas) externas a sus estructuras organizativas. Los ciudadanos se vuelven más disponibles a participar y a colaborar porque son mejor informados y finalmente son considerados interlocutores útiles para la gestión urbana. Arquitectos y urbanistas pueden razonablemente empezar a trabajar en constante comunicación con los ciudadanos, “compartiendo” con ellos su “poder” de decisión.

Para explicar este fenómeno se puede hacer referencia al concepto de “larga cola” de Chris Anderson. Internet y el entorno digital han cambiado las leyes de distribución (del poder) y las reglas del mercado. El actual sistema económico y político se basa en una estructura piramidal donde el poder (o el potencial económico o creativo) de muchos se considera inferior al de los pocos que están en la parte más alta de la pirámide. Existe un nuevo sistema basado en la suma o acumulación de todas las pequeñas potencialidades (o poderes) de la masa, que gracias a los sistemas de comunicación en red ofrecidos por Internet pueden igualar o superar el poder (o potencial) de los que hoy se encuentran en una posición privilegiada. Son el antiguo mercado de masas y el nuevo nicho de mercados, representados por la cabeza y la cola de la conocida gráfica de distribución estadística.


Representación gráfica de la ‘larga cola’ (en amarillo) | fuente: Hay Kranen

La presencia de una entidad centralizada no es necesaria cuando los dispositivos de control y de retorno de la información (feedback), permiten a los actores visualizar o tomar conciencia de las consecuencias de sus acciones. El fenómeno de auto-organización inconsciente se vuelve control consciente e intencionado cuando se permite a los individuos entender los efectos de sus acciones. Aquí entra el concepto de tensegrity, cuando se refiere a un modelo de gestión donde las decisiones descentralizadas se juntan a las centralizadas evitando una dinámica de control totalmente cerrada y omnipresente.

Invirtiendo la supremacía de la centralización sobre las decisiones individuales, se consigue que los ciudadanos tomen consciencia de sus acciones y así coordinarlas de manera intencionada. Este proceso puede conseguir devolver la necesaria legitimidad y credibilidad a las intervenciones en las áreas urbanas degradadas.

Accountability y Open Data

“La participación demanda de un sistema de información, de un observatorio y de unos indicadores que reflejen periódicamente la situación de aquellas variables que estimemos como claves para establecer nuestra evolución y que sean accesibles y comprensibles por los ciudadanos.” (Agustín Hernández Aja, 2002)

Así, en 2002, Hernández Aja, catedrático de Urbanismo de la Universidad Politécnica de Madrid, describe los supuestos indispensables para la participación ciudadana. Una década más tarde empiezan a popularizarse modelos de comunicación y dinámicas de gestión que nos acercan mucho a estos supuestos. Entre ellos me gustaría destacar el accountability y el movimiento Open Data.

Accountability es un término anglosajón que podríamos traducir por “responsabilidad” u “obligación de rendir cuentas”. Aproximándonos al concepto de accountability podemos crear un ecosistema de comunicación y transparencia que permita al ciudadano exigir responsabilidades a la administración. Lo cual nos ayuda a cumplir el objetivo de descentralizar el control necesario para una verdadera democracia.

Open Parlamento (www.openparlamento.it) es un ejemplo estupendo de como trabajar para mejorar y conseguir accountability. Se trata de una herramienta Web que permite monitorizar de forma distribuida el trabajo de los diputados del parlamento italiano. La pagina Web ofrece mucha información sobre los proyectos de ley y en general sobre toda la actividad del Parlamento Italiano. Lo más interesante es su sistema de seguimiento distribuido que permite controlar la actividad política de cada diputado. Cada ciudadano puede “adoptar” un diputado, publicar todas sus declaraciones y confrontarlas con su actividad parlamentaria.

Imaginemos este mismo sistema aplicado a escala local, donde los ciudadanos tienen una mayor capacidad de organización y de ejercer presión. El control al que se someterían todos los administradores locales serían tan intenso que estos se verían casi obligados a poner en marcha un proceso de transformación de la estructura administrativa hacia un modelo más abierto y participativo.

El movimiento Open Data supone uno de los mayores empujes para conseguir transparencia sobre la gestión pública. Open Data consiste en poner a disposición de la sociedad datos de la Administración Pública, como son datos de proyectos financiados con dinero público o gestionados por instituciones públicas.

El objetivo es sacar provecho de esos datos que las organizaciones públicas no quieren o no tienen capacidad de analizar. Liberar esos datos permite a cualquier persona u organización construir nuevas fórmulas de consultación y visualización, simplificar, diversificar e incluso enriquecer las informaciones iniciales.

En España, entre los ejemplos de esta nueva tendencia destaca el proyecto de Open Data Euskadi, parte integrante de la iniciativa de Open Government del Gobierno Vasco: un portal de exposición de los datos públicos en formato reutilizable, bajo licencias abiertas. A escala urbana, destacan los proyectos activados por dos ciudades españolas como Zaragoza y Córdoba, que empiezan a dar sus primeros pasos en el mundo del Open Data.

Estoy convencido de que la presión ciudadana obligará en muy poco tiempo a todas las grandes ciudades a sumarse a este proceso de apertura y transparencia.

Open Source y Conciencia de Red


Imagen de Jorge del Corral modificada por Francesco Cingolani.

Como decíamos, invirtiendo la supremacía de la centralización sobre las acciones individuales, los ciudadanos toman consciencia de su “poder” y empiezan a organizarse en red.

Disponemos de la tecnología, el conocimiento y las dinámicas necesarias para poner en marcha procesos de gestión urbana más abiertos. Los ciudadanos ya han empezado a moverse; las administraciones podrían aprovechar estos procesos autónomos e independientes para la gestión de situaciones muy complejas, sin embargo sigue faltando una clara voluntad política.

Probablemente los administradores han conseguido retrasar el paso hacia un nuevo modelo de gestión participada gracias al apoyo indirecto e incluso directo del denominado “cuarto poder”: la prensa. El sistema de información actual todavía ofrece a los administradores y a los “poderosos” amplia oportunidad para manipular y controlar ciertos procesos.

La emergencia de un modelo de información mucho más distribuido, empieza a ofrecer a cualquier ciudadano la posibilidad de producir información local relevante. Nace un ecosistema de comunicación basado en el social media.

Este nuevo ecosistema de información puede reducir la influencia de los medios de comunicación de masa y por ende obligar los administradores locales a rendir cuentas de sus decisiones. Los administradores se verán obligados a relacionarse con este nuevo tipo de comunicación, más horizontal y distribuida: una oportunidad para generar una especie de “control social” que mejore la transparencia y obligue a los administradores locales a tener en cuenta la opinión pública.

Un ejemplo muy claro de todo lo que estamos presentando aquí son las últimas movilizaciones ciudadanas que están teniendo lugar en España. Tras la manifestación del 15M, un evento autorizado y organizado durante semanas, que congregó a decenas de miles de personas, nacen unas acampadas en numerosas plazas en toda España. Estas acampadas se organizaron en cuestión de horas, usando únicamente Twitter y Facebook. Ejercer un control sobre todos estos flujos de información y catalizadores de acciones como las acampadas es imposible. Se ha dado un paso hacia un modelo en el que gobernantes y administradores van a tener que entender, que no pueden seguir ignorando a los ciudadanos y defendiendo los intereses de otros.

Nos encontramos delante a un innovador proceso de construcción de un nuevo ámbito de lo público y de lo común; el desarrollo de un nuevo modelo de espacio público que hemos denominado espacio sensible. Los medios tradicionales no consiguen comunicar lo que cotidianamente los ciudadanos estamos debatiendo u organizando, sin embargo gracias a los Social Network, cualquier persona puede informarse e interactuar a tiempo real con aquellas personas que están protagonizando nuevos debates o movimientos, como es el caso de las acampadas en las plazas públicas.

Es interesante comprobar como lo presencial es absolutamente imprescindible y lo digital está ofreciendo un entorno de comunicación y organización aumentado, que permite ir más allá de las posibilidades de organización de cualquier acción que se quede exclusivamente en lo presencial: todo se vuelve descentralizado y al mismo tiempo conectado y sincronizado.

Estos procesos parecen ser casi inevitables y una vez instaurados como procesos naturales de gestión local, entonces estaremos hablando de un entorno más que favorable para una Ciudad de Código Abierto, es decir una ciudad abierta a la participación de todos.

Texto de Domenico Di Siena para Ecosistema Urbano previamente publicado en el blog La Ciudad Viva.

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Informalidad Educacional: fomentar redes autogestionadas de aprendizaje

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Imagen original encontrada en el blog de automatics

Nuestros abuelos buscaban sobrevivir, nuestro padres mejorar y nuestra generación lo tenía todo para “triunfar”; nos pusieron la miel en los labios y nos quedamos a las puertas. Pero lo interesante de esta historia es que quizás, de estas tres generaciones, la nuestra es la que mas cerca ha estado de realizar un deseo común a todo individuo de la sociedad moderna: dedicarnos a hacer lo que nos gusta. A nuestros abuelos no les acompañaba el momento histórico, nuestros padres no tenían los medios, nosotros teníamos grandes expectativas pero nos quedamos a medio camino.
La pregunta es ¿realmente alguna vez tuvimos la oportunidad?

En apariencia, la respuesta está clara; hijos de la Universidad, la máquina bien engrasada del sistema educativo nos brindó el tiempo y las herramientas técnicas para ejercer una profesión concreta;pero la trampa está en el fondo y no en la forma: la educación ha abordado la complejidad del individuo desde la acumulación de conocimientos, dándonos las capacidades intelectuales pero obviando las competencias personales. continue reading

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Network Thinking | investigando nuevas metodologías de diseño y aprendizaje

Category: ⚐ ES+dreamhamar+investigaciones+LCV

Sumergidos como estamos en plena recta final de dreamhamar, nos ha parecido interesante recuperar hoy un artículo publicado en mayo por Francesco Cingolani en La Ciudad Viva y que resume algunas de las ideas que venimos manejando en este proyecto desde entonces. Ahora, meses después, hemos podido constatar los aciertos —y las dificultades— de este enfoque, y en unas semanas comenzaremos a publicar nuestras experiencias y conclusiones. Mientras tanto, os dejamos con una pequeña vuelta a los orígenes:

Network design

Creative Network por Amber Case – flickr

“Learning is not a product of schooling but the lifelong attempt to acquire it.” – Albert Einstein

Llevamos unos meses desarrollando en Ecosistema Urbano un proyecto de educación expandida del cual algunos de vosotros seguramente habréis oído hablar y que, en las últimas semanas, ha generado una serie de reflexiones que queremos compartir con vosotros.

El proyecto en cuestión se llama Urban Social Design Experience (USDE) y hemos presentado la primera sesión (que ha terminado hace poco) en forma de cursos (experiences) que presentan enfoques y líneas de trabajo innovadoras en el campo de la gestión y la cultura urbana.

Hace unas semanas, durante una de las reuniones de desarrollo del proyecto experience, nos dimos cuenta que el concepto de “cursos” se nos quedaba pequeño, porque en realidad lo que estábamos desarrollando era una plataforma de networked-learning. continue reading