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Mayor seguridad requiere mejor espacio público

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Coche abandonado - Foto por Nina Matthews en Flickr

Artículo enviado por Martín Marcos, arquitecto, urbanista y profesor titular en la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la Universidad de Buenos Aires, sobre el diseño, el cuidado y el descuido del espacio público en relación con la seguridad y la calidad del ambiente social.

¿Es posible sumar desde otra mirada disciplinar a un problema tan complejo y urgente? ¿Un buen espacio público puede inducir comportamientos sociales y hacer más segura una ciudad? Algunos sostienen que reparar rápido las “ventanas rotas” y volver a pensar la calle son la mejor política preventiva.

En 1969 Philip Zimbardo, profesor de la Universidad de Stanford, realizó un experimento en el marco de sus investigaciones sobre psicología social. Estacionó un automóvil sin patente con el capot levantado en una calle del descuidado Bronx de Nueva York; y otro similar en una calle del rico barrio de Palo Alto, California. El automóvil del Bronx fue atacado en menos de diez minutos. Su aparente estado de abandono habilitó el saqueo. El automóvil de Palo Alto no fue tocado por más de una semana. Luego Zimbardo dio un paso más, rompió una ventana con un martillo. De inmediato los transeúntes comenzaron a llevarse cosas. En pocas horas, el auto había sido totalmente deteriorado. En ambos casos muchos de los saqueadores no parecían ser gente peligrosa. La experiencia, que derribó más de un prejuicio, habilitó que los profesores de Harvard George Kelling y James Wilson desarrollaran en 1982 la Teoría de las Ventanas Rotas: “Si una ventana rota se deja sin reparar, la gente sacará la conclusión que a nadie le importa y que el lugar no tiene quien lo cuide. Pronto se romperán más ventanas, y la sensación de descontrol se contagiará del edificio a la calle, enviando la señal de que todo vale y que allí no hay autoridad”.

Espacio abandonado - Foto por Wunkai en Flickr

A raíz de ello Kelling fue contratado –mucho antes de Rudolph Giuliani y sus controvertidas políticas de “tolerancia cero”– como asesor del metro de Nueva York, donde reinaban la inseguridad y el delito. Su primer desafío fue convencer al progresista alcalde de la ciudad, el demócrata Ed Koch, de que la solución no era poner más policía y hacer más arrestos, como la mayoría reclamaba, sino limpiar e impedir sistemáticamente los graffitis en los vagones, hacer que todo el mundo pagase su boleto, y erradicar el vagabundeo en el metro. Pese a la lluvia de críticas, la transformación del Metro de Nueva York comenzó mediante símbolos y detalles concretos, pero muy visibles, que restablecían el orden y la autoridad. Hasta el afamado diseñador Massimo Vignelli, autor de la señalización, resolvió invertir los colores de sus carteles a tipografía blanca sobre fondo negro para desalentar a los graffiteros. Hoy es un modelo de espacio público seguro y eficiente; y un emblema que los neoyorquinos no están dispuestos a volver a poner en riesgo.

Graffitis en el subte en Buenos Aires - Foto enviada por Martín Marcos

La idea es sencilla pero poderosa: Las malas costumbres se contagian rápido; pero las buenas, con esfuerzo y continuidad, pueden desplazarlas. ¿Cuantas cosas a nuestro alrededor están en estado crítico por nuestra indiferencia ante el primer síntoma de que algo no estaba bien? ¿Cuántas ventanas rotas vemos por día? Se trata de marcar los límites y evidenciar malas prácticas y hábitos con estrategias situacionales y preventivas que involucren tanto a las autoridades como a la comunidad en una resolución participativa de los problemas. Pero también reivindicar el rol del Estado en la regulación y control de un ámbito donde siempre debe privilegiarse el interés general sobre cualquier apropiación particular –pequeña o grande– por mas justificada que sea. A diferencia de lo que muchos sostienen desde una errónea perspectiva libertaria, la convivencia democrática en el espacio público exige restringir la libertad individual para maximizar su buen uso y el disfrute colectivo.

Ventana rota - Foto por David en Flickr

Algunas de las ciudades más exitosas en esta materia han salido de sus espirales de deterioro conjugando la planificación proactiva con alta calidad de diseño, materiales y construcción; sumado a la instalación de una cultura de la higiene urbana y el mantenimiento constante; o como le gusta decir al ex-alcalde de Curitiba, Jaime Lerner: “Obsesión por la acupuntura urbana”.
Una de las primeras en señalar estas cuestiones fue Jane Jacobs, famosa y polémica militante por los derechos civiles en Nueva York. Inicialmente ridiculizada por los tecnócratas del urbanismo moderno, hoy es reivindicada y citada hasta por el propio presidente Obama. En su libro “Muerte y vida de las grandes ciudades” (1962) rescata las ricas preexistencias de la ciudad multifuncional, compacta y densa donde la calle, el barrio y la comunidad son vitales en la cultura urbana. “Mantener la seguridad de la ciudad es tarea principal de las calles y las veredas”. Para ella una calle segura es la que propone una clara delimitación entre el espacio público y el privado, con gente y movimiento constantes, manzanas no muy grandes que generen numerosas esquinas y cruces de calles; donde los edificios miren hacia la acera para que muchos ojos la custodien.

Como plantea la ONU: “El futuro de la humanidad y del planeta depende de tener mejores ciudades”. Sabemos que replegarnos al espacio privado, o huir al insustentable urbanismo difuso de las periferias no es solución y agrava el problema. Nuestra “calidad de vida” no puede depender de ghettos custodiados por murallas, alarmas y ejércitos privados. Por eso reducir la inseguridad y los niveles de temor es tan prioritario como hacerlas más eficientes, integradas y creativas. Debemos volver a mirar el espacio público como el corazón de la vida moderna; su diseño, su uso, su gestión y nuevas funciones. Invertir nuestra habitual lógica proyectual y definir los sólidos solo a partir de una clara toma de partido sobre qué vacíos queremos. Desde allí repensar la calle, la plaza, el parque; el arbolado y el paisaje urbano, aquello que nos permite construir identidad y experimentar el encuentro, el intercambio y la diferencia. “Un sitio se hace lugar solo cuando nos apropiamos culturalmente de él”, diría Heidegger.

Calle Florida - Buenos Aires - Foto por reydepersia en Flickr

Recientes investigaciones demuestran que estas correspondencias entre diseño urbano, comunidad y espacio público son complementos ideales para la implementación de una política de seguridad consistente. Bill Hillier, Profesor de la Universidad de Londres, investiga y mapea desde su Laboratorio de Sintaxis Espacial los flujos entre delito, lugares y población. Millones de datos relevados y años de análisis le han permitido concluir, igual que Jacobs, que la ciudad compacta y densa es más segura que los barrios residenciales de baja densidad. Las zonas especializadas o mono-funcionales con poca presencia de viviendas –que pierden vitalidad y peatones a cierta hora– tampoco son recomendables. La calle vuelve a ser clave y recomienda anchos acotados –no sobredimensionarla– y tejido compacto mediante edificios que conformen una grilla con buena densidad poblacional. Las torres exentas con rejas o paredones hacia la calle y los shoppings endogámicos que se aíslan del espacio público, no ayudan. Lo ideal: Manzanas con comercios en planta baja y edificios de departamentos en los pisos superiores, conformando calles y barrios animados y heterogéneos que mezclen distintos tipos de gente y actividades; desde educativas, culturales, e institucionales, hasta comerciales, turísticas y productivas ambientalmente compatibles.

La problemática de la seguridad debe ser parte de la normativa urbanística y de los retos iniciales del proyecto, la arquitectura y la obra pública. Las angustias e imposibilidades actuales nos desafían a exigir e innovar desde otras lógicas, con mayor participación y menos especulación. Tal vez desterrar lo que Luis Fernández Galiano denomina “arquitectura urbicida” –aquella que responde más al ego y/o a una oportunidad de negocio que a hacer mejor ciudad– sea un buen comienzo.

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Crowdfunding… ¿aplicado al desarrollo urbano?

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El boom del crowdfunding. Una idea nada nueva, con nuevos medios.

El crowdfunding o financiación colectiva (o en masa) es un concepto que viene de lejos y que se puede definir sin mucha complicación: consiste en la financiación de un proyecto a través de la suma de muchos aportes, generalmente de baja cuantía, frente al modelo del gran inversor. Por ello también se le conoce como micromecenazgo. Pero esa definición esconde muchas complejidades, como iremos viendo.

Las prácticas de préstamo o apoyo microfinanciero tienen un doble origen. Por un lado en la necesidad de las comunidades con recursos escasos de generar recursos de capital para desarrollar proyectos productivos o personales de sus miembros. Hay modalidades en distintos contextos culturales en las que los participantes generan un fondo general al que se tiene acceso por turno o sorteo, mientras que en otras variantes la financiación tiene lugar entre individuos (peer to peer). Por otro lado el crowdfunding se puede entender como un desarrollo de la tradición filantrópica, especialmente en países anglosajones con una fuerte tradición de la sociedad civil donde la donación constituye una forma de contribución a la mejora de la comunidad, una forma de lograr estatus para el donante y exenciones fiscales. En Estados Unidos la cultura de la donación es muy importante y a menudo supone el desarrollo de proyectos vitales para los sectores más desfavorecidos a los que las políticas del Estado no llegan o lo hacen de forma insuficiente. En este contexto es importante fijar el comienzo del crowdfunding con interés social o comunitario en una evolución natural en la que las nuevas tecnologías se convierten en una herramienta decisiva para atomizar el concepto de donación, a la vez que aproxima proyectos e iniciativas a la sociedad en general, que a menudo reacciona en relación a estímulos solidarios, identitarios o políticos.

Desde principios de los 2000 el microcrédito se fue acercando a las nuevas tecnologías, dando lugar a plataformas como Zopa, Prosper o Lending Club. Unos años después, le llegó el turno al crowdfunding propiamente dicho: cuando en 2009 apareció la primera plataforma online de este tipo, Kickstarter, se hizo rápidamente evidente que sus creadores habían dado, no sólo con un filón de negocio importante, sino con una forma de relacionar economía y cultura que iba a dar que hablar. A día de hoy no dejan de emerger nuevas plataformas en diferentes contextos y con distintas modalidades, a un ritmo cada vez más acelerado.

Con esto, era inevitable que tarde o temprano nos hiciéramos la primera pregunta que queremos abordar aquí:

¿Es posible aplicar la financiación colectiva a proyectos de transformación urbana, sean de arquitectura, de intervención en el espacio público o de diseño urbano? ¿Qué conseguiríamos con eso?

Parece lo mismo, pero no es igual.

Ante esta pregunta se ha generado un interesante debate, planteado tanto desde el punto de vista teórico como desde la práctica y el activismo.

Las primeras respuestas fueron directas y sin concesiones: probarlo. Poner una pieza de mobiliario urbano, un jardín comunitario y hasta una gran piscina experimental como +Pool, directamente en Kickstarter, metiéndolos en la categoría de diseño entre una pulsera y unos calcetines, y ver qué pasaba. Total, sólo es una diferencia de tamaño y cantidad, ¿no?

Plus pool en Kickstarter

¿Lo es, realmente? Alexandra Lange lo pone en duda en su artículo Against Kickstarter urbanism (Contra el urbanismo Kickstarter), en cuyo encabezado web se puede leer, entre líneas de código, que el título original era en realidad un menos contundente pero más ilustrativo “puedes kickstartear una cuchara comestible, pero no una ciudad”. El artículo, que también comentaba Bernardo Gutiérrez en su recientísimo post ¿Crowdfunding para ciudades?, está lleno de dudas más que razonables.

Una plataforma de financiación apta para un reloj no es una plataforma de financiación apta para una ciudad. Las expectaciones, los plazos y la comunidad relevante son salvajemente diferentes. […] La línea de tiempo de los proyectos urbanos, los permisos requeridos en la vida real y los enormes costes de construcción son muy poco adecuados para el enfoque de Kickstarter. […] Un parque va a requerir mucho más que 5€ y un “¡Buena idea!”.

Es cierto. Entre el dinámico vídeo de presentación o los atractivos renders iniciales y el proyecto acabado hay más distancia de la que muchos usuarios pueden percibir o entender en el momento de decidir si hacen o no su aportación. La complejidad real del proceso que un gran proyecto tiene detrás acaba dejando aquella página inicial de Kickstarter como un mero ejercicio de storytelling tan hueco como bien intencionado.

Propuestas como + Pool o LowLine tienen una cosa en común: muestran la evocadora imagen final de un proyecto muy ambicioso (imperativos del marketing), pero en realidad piden fondos para un primer paso realista y casi modesto: un prototipo a escala real de la solución constructiva a emplear. La visión y el plan de trabajo se confunden, provocando que un micromecenas poco atento caiga fácilmente en el error de obviar la distancia que hay entre ese primer prototipo (diez o veinte veces más costoso que la media de los diseños completos presentes en la misma plataforma) y el proyecto final construido y utilizable (a un nivel de presupuesto muchísimo mayor). Como dice Lange en su artículo, “el sueño consumible estaba a años y burocracias de distancia”.

Todo ese “lastre” no visible, en forma de trámites, procesos de diseño, requisitos, agentes implicados, dificultades técnicas, condiciones legales, apoyos o desconfianzas varias y demás elementos que un profesional de estas áreas conocerá bien pero que incluso él difícilmente podrá prever, es lo que Dan Hill de Sitra llama “materia oscura” y sitúa como uno de los temas a resolver por cualquier plataforma de crowdfunding que quiera aspirar a lanzar proyectos de gran escala.

Lange concluye su artículo con un decepcionado “todo lo que el formato [de Kickstarter] puede manejar son pequeñas piezas del puzzle, como gizmos [o gadgets]”. Pero como comentan en un artículo de Project for Public Spaces que responde en cierta manera al de Lange, esto puede ser también una oportunidad:

Las estrategias destinadas a dar vida al espacio público a corto plazo pueden ser una manera extraordinariamente efectiva de construir el soporte de la comunidad para proyectos más grandes.

Lo cual podemos reconocer como la base de muchos proyectos de urbanismo táctico que, a través de acciones ligeras de bajo perfil económico y pocos requerimientos burocráticos, han logrado despertar una comunidad a su alrededor. En el urbanismo táctico o en cualquier proceso de transformación urbana de estas características no se produce exclusivamente una intervención en el espacio o en la trama urbana. Los proyectos que se desarrollan de abajo a arriba (bottom-up) son procesos en los que a menudo se producen negociaciones, generación de conocimientos, nuevas narrativas sobre el espacio y la identidad del lugar y de sus habitantes. Todo ello constituye un valor añadido que a menudo supera en el tiempo la vida de la dimensión física de la intervención.

Las plataformas genéricas de crowdfunding han demostrado ser muy aptas para financiar y lanzar “dispositivos”, objetos o construcciones de pequeña escala, bajo coste y alta replicabilidad, que muchas veces tienen más potencial para transformador que otras infraestructuras de gran porte. Parece razonable incorporar esta particularidad, como un aprendizaje, en cualquier plataforma específica que esté por aparecer.

Aula Abierta Sevilla en Goteo


Pero… insistimos en ir a lo grande. ¿Qué plataformas necesitaremos?

Tras intentar usar una plataforma existente como Kickstarter (o Goteo, con proyectos como el Aula Abierta de Sevilla, o cualquier otra) y descubrir que no valen para todo por igual, los promotores inquietos con grandes proyectos entre manos vuelven su mirada hacia las propias plataformas: Si estas no nos valen, ¿cómo es la plataforma que vamos a necesitar?

Como respuesta a esa pregunta comienzan a aparecer webs más especializadas como Spacehive, una web de crowdfunding para proyectos de mejora de vecindarios, Civic Sponsor, que se define como una plataforma de financiación para proyectos públicos, o Ioby, para proyectos dirigidos a la mejora del entorno local. Sin embargo, éstas aún se parecen muchísimo  al modelo de Kickstarter y no incorporan los aspectos específicos de escala, tiempos, gestión, comunidad, etc. que acabamos de comentar.

Una plataforma que quiera resolver esa complejidad tiene que plantearse cada proyecto como un todo interrelacionado con problemas más generales que el de su financiación, como los referentes a la participación, al contexto, al apoyo y coordinación de los agentes implicados, al proceso de trabajo en sí, a los posibles conflictos con los cauces oficiales del planeamiento (la convivencia de ciudadanos e instituciones que comentaba Bernardo), etc.

Los proyectos, en una plataforma así, deberán estar compenetrados con una comunidad, o ayudar a crearla, en lugar de quedar exclusivamente sujetos a las vicisitudes del marketing como sucede muchas veces en el crowdfunding, donde “gana” el que tiene el vídeo más llamativo, o más amigos, o el que mejor ha sabido contar su historia.

Y por si fueran pocos requerimientos, las plataformas digitales plantean dudas relacionadas con la brecha digital: ¿Cómo resolver la relación entre entre la comunidad local, del lugar, y la global, de las redes sociales? ¿Cómo hacer llegar este proceso y estas herramientas a la gente que no está en la red? ¿Cómo hacer transparente en el espacio físico lo que sucede en el digital, y viceversa?

¿Hay algún proyecto que esté abordando este desafío a día de hoy? Podemos encontrar varios, incluyendo los mencionados más arriba que están en constante evolución, aprendiendo de sí mismos. Uno de los que más claramente están abordando este proceso de diseño de nuevas plataformas es Brickstarter.

Hablábamos antes de Dan Hill y el concepto de materia oscura. Pues bien, este es sólo uno de los muchos aspectos que desde Brickstarter, del cual él forma parte, se están replanteando. Frente al enfoque más bien inmediato de proyectos como Spacehive, éstos han optado por abstraerse de lo que actualmente se entiende por plataforma de crowdfunding y tratar de dar forma a algo nuevo que integre los diferentes aspectos mencionados. Su blog es una inspiradora colección -de lectura recomendable- de profundas entrevistas y detallados análisis claramente dirigidos a extraer conocimiento del estudio de casos.

Para hacernos una idea rápida (aunque parcial) de por dónde van sus planteamientos, basta con que nos fijemos en uno de los bocetos preliminares que, en un buen ejercicio de transparencia, han publicado en el blog:

Brickstarter sketch

Esto ya no se parece tanto a Kickstarter, ¿verdad? Aparecen un buen montón de conceptos nuevos: escala, tiempos, valor, agentes de varios tipos (promotores, partidarios, patrocinadores), una clara diferencia entre el estado de financiación, de apoyos y de aprobación o permisos, un seguimiento de problemas, debates, algo que parece un feed local, etc. Este boceto tiene una profundidad de planteamientos y una complejidad detrás que ya parecen más acordes con el tema. Y sólo es un esbozo muy preliminar de una futurible plataforma online, que con toda seguridad es (o idealmente debería ser) sólo una parte del plan de trabajo de Brickstarter.

Para acabar este artículo dando pie a nuevas reflexiones os dejamos, como propuesta no cerrada, una serie de planteamientos que pensamos que deberían tratar de incorporar las plataformas de crowdfunding centradas en proyectos públicos y desarrollo urbano:

  • Mostrar todo el proceso y sus implicaciones, incluida la “materia oscura”.
  • Permitir empezar desde la pequeña escala, valorando el potencial de los dispositivos “low-” y el enfoque del urbanismo táctico para dar pie a proyectos mayores.
  • Aportar y visualizar un valor de retorno en cada paso del proceso, tras cada ciclo convocatoria-desarrollo-logro.
  • Cambiar el enfoque de la plataforma, desde una simple financiación colectiva hacia un “qué necesitamos para que esto suceda”, en el que se incluya la entrada de acciones y recursos distintos del simple aporte de dinero, como ya sucede en Goteo o en Civic Crowd.
  • Combinar el anterior con un enfoque de “gestión integral del proyecto”, del que la financiación colectiva (o mixta entre lo colectivo y lo institucional) sea sólo una parte.
  • Plantear esa plataforma como una base ligera sobre la que añadir diferentes “herramientas” de gestión, de forma que sea adaptable a proyectos más o menos complejos sin abrumar al usuario.
  • Asumir que la plataforma no lo es todo, y que hay toda una serie de canales, medios o espacios que tendrán que ser tenidos en cuenta y coordinados entre sí.
  • Aceptar que estamos al comienzo de un camino, un camino que se hará al andar.

 

Este artículo es fruto de una colaboración entre Andrés Walliser (@andreswalliser), desde Nueva York, y Jorge Toledo (@eldelacajita), desde Madrid, a través de Ecosistema Urbano (@ecosistema), para el blog de La Ciudad Viva.

Ver artículo original

P.D. de Jorge: Esta entrega sobre el tema iba a terminar aquí, pero en el momento de su publicación sucedió algo que bien merecía extenderse un poco más. Andrés y yo teníamos muchas ganas de escribir acerca de esto porque de alguna manera se percibe como un tema que “está en el aire”, que está en el aire con tal densidad que llega al “punto de condensación”. Y es que como los cazanieblas, parece ser que las redes en que nos movemos contribuyen a condensar las ideas y las hacen fluir hacia la corriente (en inglés, tal cual: stream) de la conversación colectiva. Tres días antes de la publicación original de este artículo, y con este todavía en sus huesos, Bernardo Gutiérrez publicó su artículo ¿Crowdfunding para ciudades?. Dos días después, la red seguía goteando: cuando me disponía a rematar y publicar el artículo, me llegó de pronto una inesperada invitación desde Think Commons a un hangout, una sesión de videochat online. Un timing de primera. Al entrar me encontré a Carlos Cámara, Ferrán Reyes y Domenico di Siena en pleno debate sobre… sí, este mismo tema. De modo que no he pude menos que incorporar este texto a la conversación, y viceversa.

Aquí tenéis un vídeo, fruto de ese momento de serendipia, que es casi la versión audiovisual de este artículo. Os lo recomiendo porque aborda algunos de los puntos clave comentados en este artículo, y unos cuantos más que no tienen desperdicio y que entrarán con seguridad en alguno próximo.

Hangout sobre co-financiación de las ciudades

Para los más impacientes: alrededor del minuto 19′, la conversación, inicialmente errática, enlaza de forma natural con el tema del crowdfunding, y hacia el minuto 37′ es cuando me incorporo y comenzamos a conectar con lo comentado en este artículo.

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15 metros no son nada. Un abismo.

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15 metros no son nada - ilustración por Jaime Eizaguirre

Imaginemos una playa en la Costa Blanca. Una playa que tuvo un pasado de esplendor con sus sistemas de dunas y rocas en los extremos. El sutil arco de la playa conoció tiempos mejores y hoy sujeta a una docena larga de edificios de entre 15 y 20 plantas encajados perpendicularmente. La temporada alta arranca y a principios de junio todavía se puede plantar la sombrilla sin trepanar un cráneo enrojecido o un pie cubierto de aftersun. En la playa sobre todo hay extranjeros. Entre ellos hay una infinita gama de matices y orígenes. Hay un público tradicional alemán, francés o italiano con algunos nativos infiltrados, pero mas bien pocos. También hay turistas del este de Europa, sobre todo rusos. Esto es lo que predomina en ese arco de la playa que jalonado por un paseo marítimo la separa de las construcciones y las tiendas y restaurantes.

El paseo, de alguna manera, es un no-lugar entre la contundencia de la playa y su arena ardiente. Es también la vaga promesa de una sombra y un aliento de refresco en los bares, terrazas y restaurantes de diversa naturaleza e intención. También hay algunos negocios, no por idénticos más atractivos, donde se vende todo –absolutamente todo– lo que puede necesitar un mortal en el acto playero.

15 metros no son nada - ilustración por Jaime Eizaguirre

Este arco enlosado con conjuntos de palmeras y las rampas que suben desde la playa son también un lugar de negocio invisible para el que no mira. En el paseo comienza el rango de la suerte o la miseria. A lo largo del paseo se establecen efímeros comercios amparados no tanto a la sombra de una palmera sino mas bien fuera del alcance de la autoridad. Vendedores de gafas de origen subsahariano, que han traído o encontrado aquí una familia ya hecha o por hacer. A veces las mujeres hacen trencitas afro a jovencitas casi albinas a punto de estallar de insolación. Un hombre vende gafas a la sombra de una palmera y al lado una mujer con niña habla con él de sus cosas.

Un poco mas allá una mujer china ofrece masajes milenarios con la ayuda de un mapa del cuerpo humano con indicaciones indescifrables. Cerca, grupos de alemanes, generalmente hombres de mediana edad y gesto de vacación acuden como polillas a la llamada de un trilero rumano y sus compinches que les embaucan y les gana buenas cantidades de Euros ante el estupor indestructible del que creía, por enésima vez, que la sagacidad –y la suerte– están siempre de su parte.
El paseo marítimo esta habitado por todos ellos que buscan el negocio entre los cientos de turistas que deambulan por él durante la mañana y parte de la tarde. Tienden sus artes de pesca esperando capturar un cliente que por un precio irrisorio cierre una transacción o sea engañado a su antojo. La mayoría de ellos no tienen apenas recursos. Son nómadas que plantan su genero a la vista, pero discretos, a la espera del turista ingenuo y evitando al comerciante del paseo y a su insidiosa tendencia a contárselo a la policía local que a veces hace cansino acto de presencia. Carreras o amagos de carreras como las palomas cuando escapan del neumático inminente.

15 metros no son nada - ilustración por Jaime Eizaguirre

A penas un metro mas allá en la vera del paseo, justo antes de arrancar las torres en su esplendor de pasadas décadas, hay una línea de negocios de playa. En ellos la mayoría del personal es diferente, gozan de un empleo y de papeles y muchos denotan ya años de estancia. Son camareros, mozos, cocineras, limpiadoras que atienden a turistas blancos que reviven la alucinación diaria de estar en una terraza bajo el sol tomando una cerveza meditando sobre las diferencias climáticas con el lugar de origen. Se ven tatuajes en brazos raídos, jovencitas que viajan en familia, y salen por la noche quizá por primera vez, obesos de cabeza rapada y gesto dominante, entre otras estéticas.
Los trabajadores son en su mayoría latinos o europeos del este, son casi siempre mujeres que hacen sus faenas bajo la atenta mirada de un encargado o un jefe local.

En esos pocos metros del ancho del paseo conviven vidas antipódicas que resultan inverosímiles para unos y otros. Estos espacios públicos diseñados sin mas afán que la explotación comercial y reinventados en los últimos años sin mucha mas fortuna, son auténticos flujos de personas estratosféricas entre si. La franja del paseo y las torres que le dan sombra por la tarde desde poniente, son un yacimiento de recursos para los empresarios locales. Un filón donde se concentra la actividad, de baja intensidad pero rentable por ser numerosa. En ocasiones se producen quejas. Los negros no pagan impuestos ni venden productos homologados y compiten de manera agresiva con las tiendas, dicen. Abordan a las clientas sobre todo de mediana edad que les rechazan después de hacerse de rogar sin dejar de valorar sus cuerpos esculturales y preguntarse como lo harán viviendo como viven. Esto y poco mas –el trile y el carterista, motivan a menudo la tensión con los comerciantes locales que se lamentan de la falta de seguridad de la playa, de la amenaza que se cierne sobre sus intereses y la inminente ruina de un negocio basado en precios cada vez mas bajos que atrae a un turismo poco exigente y cada vez de calidad mas baja. La falta de seguridad percibida como causa permanente del declive del modelo a menudo impide reflexionar sobre las causas mas profundas del mismo.

15 metros no son nada - ilustración por Jaime Eizaguirre

El espacio es simultáneamente consumido por turistas y visitantes y usado por residentes y trabajadores. La cartografía de este espacio, que es urbano sin estar propiamente en una ciudad, se plantea como una sucesión de estratos o capas donde conviven diversas lógicas de uso y de consumo en muy poco espacio físico. Esto hace que las percepciones e interacciones entre los distintos grupos que conviven varíen de forma radical según el propósito del uso y consumo que se vaya a hacer del espacio. Muchas de estas interacciones se articulan entre si de manera simbiótica o conflictiva. Otras son simplemente inexistentes entre unos y otros.
Los espacios en conflicto, tangibles –el paseo marítimo, por ejemplo- o los intangibles –la competencia comercial- se manifiesta de forma caleidoscópica entre los distintos actores, que participan de la economía formal e informal, si bien en una relación asimétrica entre unos y otros. En el caso de los actores de la economía informal, la competencia por el espacio y los potenciales clientes genera, así mismo, un conflicto menos visible al público pero igualmente intenso, donde se agrupan intereses individuales y colectivos articulados sobre las redes de origen étnico, las organizaciones que controlan a parte de los vendedores y proveedores de servicios y las tensiones entre unos y otros.
Por otro lado, la dimensión tiempo en el paseo marítimo se articula sobre parámetros diferentes a los de un entorno urbano “normal”. Es la estacionalidad y sus fases las que determinan las pautas de apropiación y uso y por lo tanto las dinámicas de transformación del espacio público (o semipúblico) en lugar. Asumiendo que la dimensión de lugar se adquiere mediante los usos sociales y la generación de identidades sobre significados resulta relevante entender la superposición de varios planos sociales o espaciales desde este punto de vista. El proceso de construcción social del lugar varia en estos entornos turísticos enormemente entre los distintos grupos. Para comerciantes y propietarios, muchos de ellos locales, otros foráneos, pero con cierto arraigo, existen unos significados que se construyen sobre la “historia” del lugar, su transformación y evolución en el tiempo, incluso su vinculación con el entorno urbano y rural inmediato, o sectorial.

Por otro lado, para los actores que tienen usos mas efímeros del espacio, sea por su condición de turistas, sea por su condición de trabajadores, generalmente en la economía informal, la gestión de la relación con el espacio público es muy distinta. Los turistas han de hacerlo con unas constricciones temporales muy limitadas, si bien la relación con el espacio, o con el ideal que representa dicho espacio, hace que sea fácil construir, y apropiarse de significados que facilitan la “lugarización” de dicho espacio. Dicho de otro modo, este tipo de espacios no se consumen tanto por si mismo, sino por lo que representa como lugar abstracto de consumo del concepto de “sol y playa”. No obstante para los turistas, algunos incluso transformados en residentes o en visitantes reincidentes estos procesos se consolidan con temporalidades mas extensas y una relación con el espacio mas estable y reconocible a la hora de construir conjuntos de significados y vincularlos a una experiencia vital prolongada.
Por otro lado, desde los otros planos socio-estratigráficos que mencionamos, como por ejemplo los vendedores ambulantes, la temporalidad es también crítica a la hora de gestionar la relación del individuo con el espacio. Dicha temporalidad estará marcada por la incertidumbre de una situación jurídica, por la fragilidad de una actividad económica dependiente de factores como la presión de la policía, de los comerciantes, de la competencia de otros vendedores o proveedores de servicios informales entre otros. A todo ello se une la estacionalidad y los ciclos de hibernación y restablecimiento de la actividad turística, y su dependencia de factores exógenos impredecibles: avatares políticos en los propios países o las catástrofes naturales y financieras.

Todo esto hace de la playa y su paseo, para el conjunto de todos ellos, visibles e invisibles, un ecosistema funcional donde ocio y esfuerzo, placer e incertidumbre, poder y subordinación se cruzan en los quince metros del ancho del paseo marítimo, que no son nada.

 

Texto por Andrés Walliser (@AndresWalliser) e ilustración por Jaime Eizaguirre (@eiza) para Ecosistema Urbano (@ecosistema), publicados previamente en La Ciudad Viva (@laciudadviva).

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Ciudades, procomún y narraciones colectivas

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Bernardo Gutiérrez dirige la red internacional de innovación Futura Media, con sede en la ciudad brasileña de São Paulo. Futura Media busca puentes entre las redes sociales y el territorio. Incentiva la innovación multiplataforma, el diseño abierto y las nuevas narrativas. Twitter: @bernarsosampa y @futura_media

 

Fotos originales: Yersinia, Andrew Mason y Brisbane City Council en Flickr

Entre julio y noviembre de 2009, los estadounidenses Joshua Glenn y Rob Walker llevaron a cabo el proyecto Significant objects. El objetivo: probar que un objeto con una historia vale más que un objeto sin ella. Para el experimento invitaron a cien reconocidos escritores, Whitehead, Jonathan Lethem o Bruce Sterling entre ellos. Cada uno debía inventar una historia para un objeto viejo comprado en el portal eBay. El resultado fue contundente: las baratijas compradas en eBay por un total de 128,74 dólares fueron vendidas por un 3.612,51 dólares. El valor añadido de las historias fue donado posteriormente a causas sociales. ¿Cuánto cuestan unas mini botas de metal? 3 dólares. ¿Cuánto valen las botas si pertenecieron a unos soldados aventureros de Sicilia que se embarcaron en la Guerra Civil de Estados Unidos (historia inventada por Bruce Sterling)? 86 dólares. La narración de la epopeya, la emoción generada, cuestan 83 dólares.

Los significant objects de Rob Walker no sólo marcaron un punto de inflexión entre historias y objetos. Ampliando el ángulo, remezclando imaginarios, me atrevo a decir que los objetos+narraciones son una verdadera bomba para las ciudades del siglo XXI. sigue leyendo

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Píldoras para el miedo

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Durante las pasadas semanas, en Madrid se ha discutido sobre la regulación de la música callejera. La propuesta de ley, impulsada por la Delegación de Medioambiente y respaldada por un buen número de asociaciones vecinales, se dirigía a la disminución de las molestias generadas por una de las más tradicionales prácticas de libre expresión urbanas.

Podemos considerar el episodio como otra manifestación de una tendencia de las ciudades a la “planificación total” de las actividades y los usos: la socialización tiene lugar en bares, el deporte en polideportivos, el ocio dominguero en parques etcétera.

Los espacios de vida se especializan hasta ser monotemáticos, y a raíz de esto la calle se queda afuera.

Manuel Delgado constata:

“[…] Se entiende que dentro [de los edificios N.d.A.] rigen principios de convivencia basados en un pacto de franqueza y previsibilidad. En la instancia social estructurada que ese dentro suele albergar se registran relaciones estabilizadas, como las que vinculan entre sí, por ejemplo, al empleado con su jefe o, en el máximo nivel de privacidad interpersonal, al marido con su esposa. Dentro, tras las puertas y las paredes construidas, bajo techo, se encuentran las sedes de las diferente instituciones primarias, en cuyo seno uno reconoce y ve reconocido su puesto en un organigrama de puntos más bien fijos.[…]

En cambio, el afuera se asocia al espacio no construido y, por tanto, no habitable, vasta comarca en que tienen sede formas de organización social inestables. la calle y la plaza son los afueras por excelencia, donde, al aire libre, tiene lugar una actividad poco anclada, en la que la casualidad y la indeterminación juegan un papel importante. […]

El adentro tiene límites, por el contrario, el afuera es paisaje ilimitado en que no vive apenas nadie y por el que lo único que cabe hacer es deslizarse.”

En un avanzado proceso de expoliación de las funciones sociales del espacio público y de transformación del afuera en lo que Bauman define como espacio émico o fágico los bancos y los asientos son el primer obstáculo. Se oponen al tránsito, favorecen el encuentro, se usan para el reposo y el ocio.

Citando a Steven Flusty, Bauman afirma que la ciudad contemporánea usa medios arquitectónicos que son versiones técnicamente actualizadas de las murallas y las torres medievales, necesarios para defender unos ciudadanos de otros a los que se atribuye el estatus de enemigos.

Flusty evidencia tipologías que nos deberían resultar familiares: el espacio erizado, defendido por elementos que impiden sentarse y que no puede ocuparse cómodamente, o el espacio nervioso, que no se puede usar sin ser observados por organismos de control.

Estos medios vacían gradualmente el espacio público de su sentido más profundo, bajo un pacto social que, en muchas ocasiones, es compartido por los ciudadanos.

Sin embargo la sociedad necesita habitar el afuera.

Según Rebecca Solnit sólo los ciudadanos que tienen familiaridad con su ciudad como territorio práctico pueden ser capaces de ejercer un verdadero control social. Cuando se limita el derecho de reunirse quitando los bancos de una plaza, fomentando el uso del coche o con una ley antibotellón, en realidad se está eliminando el público mismo: el individuo deja de ser un ciudadano capaz de actuar en comunidad.

En este espacio vaciado de usos sociales queda la paranoia urbana basada en el miedo a las diferencias, y sobre todo al ejercicio de las diferencias, cuyos protagonistas son marginales, extranjeros e individuos peligrosos en general.

Por otro lado, queda la sumisión total del espacio público al hiperconsumo, que como afirma Carlos Taibo es antes un indicador de malestar que una fuente de felicidad.

Banco Guerrilla

En el 2008, en Valparaíso (Chile) en la vigilia de una importante manifestación, todo el mobiliario del centro de la ciudad fue desinstalado para que no fuese usado como arma o para formar barricadas.

En nuestras ciudades también los bancos pueden ser hoy las trincheras en las que se combate la guerrilla entre un espacio cuyos usos son totalmente planificados y la libre determinación por parte de los usuarios. El mobiliario urbano es la primera interfaz para el sistema operativo urbano, la herramienta material para el ejercicio de la ciudadanía en todos sus sentidos.

De estas premisas se desarrolla el proyecto “Banco Guerrilla” del colectivo Todo por la Praxis:

“Este proyecto reflexiona sobre la importancia del mobiliario como articulador de dinámicas sociales más allá de las puramente consumistas. Por lo que se plantea una metodología de working progress, donde haya espacio de experimentación y reflexión.

El punto de partida será el trabajo desarrollado en talleres que se desarrollen en diferentes solares de Madrid, este contexto nos permite establecer unas condiciones abiertas para la experimentación tanto en lo formal como lo constructivo.

Una de las condiciones auto-impuestas es tener como premisa una ejecución de bajo coste y de fácil montaje. Se plantea la realización de bancos como punto de partida que se construyen a través de la reutilización y reciclaje de otros objetos de mobiliario urbano, como señales de trafico , cubos de basura o la utilización de material de andamiaje y obra como bidones de agua etc. Mediante sencillas intervenciones se plantea la transformación de estos elementos en objetos de mobiliario urbano.”

Interviniendo sobre la “interfaz” y las “periféricas” de nuestras plug-in cities, es posible resignificar una metrópolis entera, aunque la ciudad de hoy no sea una cancha abierta donde cualquier jugador puede legitimarse con el trabajo.

Para toda una generación de jóvenes arquitectos, urbanistas, artistas y activistas de vario género, intervenir sobre la estructura de la ciudad global es imposible.

Estos actores, que quieren ser protagonistas del cambio, se mueven en una capa superestructural, jugando un papel de hackers y cambiando, a través de pequeñas intervenciones, el paisaje urbano de forma sutil y paciente.

El espacio público es lugar de trabajo de estos colectivos, la guerrilla y las intervenciones en píldora su metodología, otra ciudad su objetivo.

Texto escrito por Massimiliano Casu para Ecosistema Urbano, y previamente publicado en el blog de La Ciudad Viva – Fotos: Todo por la Praxis

Referencias

Z. Bauman – City Of Fears, City Of Hopes – http://cms.gold.ac.uk/media/city.pdf
R. Solnit – Wanderlust: A History of Walking, Penguin Books, 2001
M. Delgado – Sociedades movedizas, Editorial Anagrama, 2007
Todo por la Praxis – http://www.todoporlapraxis.es/
Blog de Maximiliano Casu – http://50tav3nt0.wordpress.com/