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URBACT | La ciudad de nuestros sueños

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El caos inventa sin cesar vidas nunca imaginadas
Boris Cyrulnik

Asumamos la crisis. Personalmente, además, lo hago convencido de que tiene un importante carácter sistémico y de que nos urge a actuar porque ni mucho menos hemos tocado fondo.

Como sociedad hemos venido despreciando durante décadas todas las señales que nos anunciaban el colapso y nos hemos empeñado en llevar hasta la última instancia un modelo de desarrollo que, además de profundamente injusto y desequilibrado, se ha manifestado exquisitamente hipócrita precisamente para los que más lo hemos saboreado.

Los habitantes de los países denominados desarrollados nos hemos dejado llevar plácidamente por la promesa de la felicidad particular, por el espejismo de la realización individual, por el resplandor del sueño americano…

La ceguera provocada por los flashes de la sociedad de consumo nos ha llevado a individualizarnos de tal forma que hemos olvidado cualquier compromiso social o ambiental con nuestro entorno más inmediato. Entretanto suplicábamos por establecer vínculos económicos con fuerzas externas que ni conocemos, ni entendemos, ni, por supuesto, controlamos, y que, sin darnos cuenta, nos hacen cómplices de la devastación humana y el expolio ambiental a que está sometido nuestro hipotecado planeta.

Con todo, posiblemente lo más preocupante no sea que, de manera más o menos consciente, nos hayamos dejado engañar por esta utopía, lo peor es que al hacerlo aceptábamos, sin darnos cuenta, una “programación mental” que nos exigía renunciar colectivamente a las capacidades de reflexionar, de ser creativos y de actuar y colaborar.

Nuestras ciudades, espejos del alma de las sociedades que las habitan, son vivas metáforas de todos estos procesos.

La ciudad actual, derivada de la postindustrialización y la globalización de la economía neoliberal y la sociedad de consumo, es un espacio concebido exclusivamente desde criterios de rentabilidad económica donde ha imperado la hegemonía del mercado. El concepto de hacer ciudad se ha limitado exclusivamente a la acumulación de centros de negocios y consumo y a la  repetición de edificios. Nada de encuentro, nada de identidad, nada de compromiso, nada de territorio, nada de ciudad.

Paralelamente, además, el espacio se polarizaba y fragmentaba entre “centros productivos” y vacíos periféricos, intensificando los desequilibrios ambientales y sociales, y creando una dinámica urbana pendular donde la creatividad y la colectividad sobreviven vinculadas a la urgencia y la necesidad y en ningún caso como fuente de oportunidad:

Por un lado, se multiplican los entornos carenciales en los que la lucha por la supervivencia y por alcanzar unos niveles mínimos de vida no permite otra dinámica más que la competitividad a ultranza. Esto hace imposible que las personas que los habitan tengan la mínima oportunidad de soñar con un futuro mejor o de desarrollar su propia creatividad como energía impulsora de cambio para sus vidas.

En el otro extremo predominan los entornos saturados, en los que el concepto de límite sencillamente no existe y la congestión ambiental y humana aumenta exponencialmente. De esta forma se convierten en espacios ultracompetitivos que se ven obligados a importar recursos (materia y energía) y capital creativo (clases creativas) especialmente desde las periferias, puesto que su propia creatividad endógena ya no es suficiente para reinventarse a la velocidad que su propia demanda les impone.

Paradójicamente ambos extremos conviven y estos fenómenos se mezclan en un gran número de ciudades a lo largo de todo el planeta, y en ambos casos asistimos a un proceso en el que la competitividad neutraliza el poder transformador y la capacidad de proyectar futuro que tienen la creatividad y la imaginación.

Al recurrir a la utilización de la creatividad exclusivamente por necesidad, focalizándola sobre la resolución de problemas/conflictos concretos y parciales tanto temporal como espacialmente, renunciamos, sin saberlo, a la posibilidad que la creatividad nos ofrece de anticipar soluciones desde la visión global e integral de las dinámicas de la sociedad, la ciudad y el territorio.

Individualistas, cortoplacistas y sumisos, como ciudadanía nos hemos convertido en los consumidores perfectos y hemos aprendido a relacionamos con el territorio y con la ciudad desde una lógica de la insatisfacción que nos empuja compulsivamente a devorar todo tipo de recursos: energía, territorio, creatividad…, sin importarnos ni un ápice de donde provienen, las condiciones en que se han obtenido, ni que éstos cada vez sean más escasos.

Este es el aspecto clave. Necesitamos reinterpretarnos como ciudadanía y desarrollar las capacidades básicas que nos permitan (re)implicarnos con nuestro entorno cotidiano, comprometernos con su construcción y responsabilizarnos de su comportamiento.

Es el momento de activar nuestra resiliencia colectiva a través de procesos de innovación social que generen comunidades creativas capaces de encontrar respuestas alineadas con la sostenibilidad global y adaptadas a cada realidad local, sumando así cada talento individual al proyecto colectivo.

Mediante esta creatividad colaborativa podemos poner en marcha procesos flexibles y abiertos de aprendizaje colectivo que, a través de la experimentación, nos permitan desarrollar el sentido crítico y la proactividad, así como adquirir nuevos hábitos y formas de relación más responsables y respetuosos con el territorio.

La tecnología esta de nuestra parte, y pone a nuestra disposición un potencial hasta ahora desconocido, y en gran parte por explorar, de compartir información, conocimiento, creatividad y experiencias, y de geolocalizarnos virtualmente como soporte sobre el que apoyar dichos procesos.

Como inspiración pueden servirnos algunas experiencias de éxito tanto en el entorno virtual: creative commons, p2p, entornos wiki, etc…; como en el propio territorio: algunas regiones de los países escandinavos, varios pueblos de la Toscana en Italia, Extremadura en España y diversas experiencias en países latinoamericanos como Colombia y Brasil, entre otros…

Todos estos ejemplos tienen varios elementos en común: han incorporado en sus modelos la creatividad y la imaginación de las personas como motor de desarrollo y las TIC como fuerza expansiva y aglutinante, y todos ellos, y no es casual, surgen desde la periferia.

Pero, sobre todo, todos ellos apuntan que la apuesta por las personas y el desarrollo de sus capacidades está al alcance de cualquier territorio y que el lugar y la forma en que habitamos pueden ser construidos conjuntamente, porque  la sostenibilidad, ahora más que nunca, necesita la creatividad de cada uno de nosotros para impulsar la ciudad de nuestros sueños.

El hombre es el remedio para el hombre
Proverbio Wolof

texto por Adolfo Chautón
imagen: Imaginación por Daniel Lobo

 

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La superficialidad y la estupidez reina el mundo y sobre todo en nuestras ciudades manipuladas por la tiranía partidocrática de turno.
No somos súbditos ni vasallos. Somos ciudadanos soberanos.
Yanka

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