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Transporte nocturno: ¿realidad o utopía para las ciudades en América Latina?

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El pasado 19 de agosto fue un día histórico para la ciudad de Londres. El sistema de transporte subterráneo más antiguo del mundo, conocido popularmente como el “Tube,” finalmente pasa a ser 24 horas—unos 153 años después de su inauguración.

Uno de los principales defensores de esta medida es el actual alcalde de Londres, Sadiq Khan, quien señaló que cuatro de cada cinco turistas que visitan la capital inglesa lo hacen en busca de su oferta cultural. De acuerdo con la firma TBR, la economía nocturna —bares, restaurantes, discotecas, salas de conciertos, entre otros— constituye la quinta industria más importante del país, responsable por 1.3 millones de empleos y un ingreso anual de 66 billones de libras esterlinas. En este contexto, el transporte nocturno no puede ser una limitación para el crecimiento de un sector de tal valor para la ciudad.

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CUENCA RED | presentamos el nuevo plan de revitalización del Centro Histórico

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Encabezado

Después de haber profundizado en el marco del plan de Revitalización del Centro Histórico de Cuenca, Cuenca RED, y mostrado cómo la ciudadanía ha dialogado sobre su ciudad y alimentado el proceso de diseño gracias a su participación, en este post resumimos el resultado de la estrategia general de revitalización y presentamos los espacios de intervención prioritaria.

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The Bicycle as a Tool to Understand the City

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Bicycle parking in Copenhagen, photo gently borrowed from Olmofin on Flickr

All the arguments are known. All the benefits of using a bicycle as a means of transportation have been discussed, on words, speeches, infographics, funny drawings, and all other sorts of communication. We all know it is an efficient vehicle, with zero fuel consumptions and pollutant gases emission, requires less space, eases traffic congestion and is good for one’s wallet and health.

However, the most valuable and meaningful aspect of this two-wheeled vehicle has not yet been discussed. Cycling is a really intimate way of blending with the landscape, urban or rural. The bicycle is, therefore, an instrument for understanding the city, being this a key factor for the future of urban areas.

In a car, the world is reduced. The driver is inside a box, focused on getting rapidly from A to B. He moves through sections of asphalt roads and highways. Everything that surrounds him is a secondary plan. The environment, the architecture, the landscape, the life. All part of a canvas blurred by the circulating speed.

In the city, the bicycle it’s not just a ride, it is also a tool, a device for understanding the city and experiencing the true meaning of urbanism.

Being on the side of those who believe cities should be (much) more human centered, more livable, attractive and sustainable is certainly not easy, especially if you’re living in a car-centered society. Have you tried to talk with your friends or family about these problems? Have you tried to talk about how much space in a street is reserved for the cars, compared to the little sidewalk? They won’t understand, most of them drive a car, they want their space, their parking spot. They still believe more and wider car lanes will ease urban congestion.

I cannot approach them, or any random citizen, about energy efficiency in cities, about air pollution; I cannot tell them that part of the solution is a system based on walking, cycling and on public transport. I cannot tell them that the key for urban sustainability relies on density or about how the highways had fragmented the landscapes (and this is clear in Lisbon).

It doesn’t matter how eloquent we are, nobody wants to change their lifestyle when they understand it as life quality.

And this is why the bicycle is such an important tool, as a way to experience urbanism. Go for a bike ride along the city with someone who’s driving a car on a daily basis and even the best sustainable cities presentation will fall short of this exercise.

They’ll see the world with different eyes. There’s so many cars here and they’re going too fast, he’ll say. This cycling track should be larger, but generally there should be more in this part of town. I never noticed this building before. Oh, this cafe looks very nice, let’s stop, thank god they got bike racks. And, all of a sudden, those problems are not that far away from their reality.

Here’s the deal, everybody was already liking to ride a bicycle since they were kids. We don’t need to sell it. It’s cool, it’s fun, easy and economical. It’s just a matter of trying, becoming thrilled about it, and maybe they’ll see the benefits of a car-less or even car-free living. It’s all about experiencing it.

And this elevates the importance of pilot projects in the city, the importance of giving the opportunity for citizens to enjoy and feel the city as their own. It doesn’t matter what it is, as long as it’s enlightened with life: a car-free saturday, a naked bike ride, some parklets or occupying a street for a month. Personally, I love when the traffic is cut in some random street, I instantly jump from the tiny sidewalk to the car lane. People will love it and the city will benefit from it, short and long-term.

This is what we need, less talk and more action.

A do-it-yourself bike lane in Asunción, Paraguay

A do-it-yourself bike lane in Asunción, Paraguay

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Cuando desperté, el carsharing ya estaba en Madrid

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Imagen por motorblog.com

Imagen por motorblog.com – clic para ver original

Sé de primera mano lo que es tener coche propio. Durante años fui dueño de un muy querido Seat Ibiza que me llevó fielmente —y también me dejó tirado— en las situaciones más variadas, desde compras casuales hasta mudanzas, desde cortos recorridos de casa al trabajo hasta improvisados surf trips de miles de kilómetros… todo ello pidiendo a cambio solamente un poco de gasolina por kilómetro. Y bueno, a veces, algo de aceite. Y agua. O dinero para el seguro. O un par de ruedas nuevas. Pensándolo mejor, bastante gasolina. Y una buena —y efímera— limpieza. O un retoque de chapa y un faro de repuesto. Y algo más de dinero para el seguro. Y luego el impuesto de turno, y… todo eso junto comenzó a resultarme menos idílico de lo que imaginaba que sería.

Mi salvación, especialmente con mi limitada economía de estudiante, fue compartir coche. Eso también sé lo que es. Sé lo que es tener la mitad de gastos, la mitad de viajes al taller, la mitad de gestiones y casi las mismas preocupaciones. La mitad de orgullo de propietario, y la mitad de tiempo y de flexibilidad para usarlo. Compartiendo coche, he visto cómo se deterioraba la chapa al doble de mi propia capacidad para rayarla. He notado cómo las marchas iban entrando de forma diferente con el tiempo. He bajado al garaje, llave en mano y mochila a la espalda, para encontrarme un enorme espacio vacío donde debería haber un coche azul.

Con el tiempo, beneficios y cargas se fueron equilibrando y lo que empezó como un romance se convirtió en un matrimonio por conveniencia… y cada vez menos conveniente. Me volví despiadadamente práctico. Con casi todas mis necesidades de movilidad cubiertas por mi frugal bicicleta y otros medios de transporte, comencé a soñar con otros coches para cubrir algunas ocasiones excepcionales, pero todos me iban a suponer lo mismo. ¿El los albores del siglo XXI, no había ninguna solución mejor?

Spoiler: resultó que sí la había. Una solución que me permitiría disfrutar de lo mejor de ambos escenarios —coche propio y compartido— sin sus inconvenientes. La reconocí en cuanto oí hablar del carsharing.

Car… ¿qué?

El concepto de carsharing —”compartir coche” en inglés— es sencillo: la idea consiste en poner una flota de coches, distribuida por la ciudad, a disposición de una comunidad de usuarios, que pueden usarlos en un régimen de alquiler asequible y muy flexible. Esta flota puede ser mantenida y gestionada directamente entre personas —P2P carsharing—, puede ser de propiedad y gestión comunitaria —co-op carsharing— o pertenecer a una empresa —B2C carsharing—, siendo este último el modelo más extendido y hasta ahora el único presente en Madrid. En él, la empresa se encarga de la adquisición y renovación de vehículos, del mantenimiento, de los seguros, del aparcamiento, de las reparaciones, de la gasolina, de garantizar la disponibilidad, etc. —es decir, de todos los problemas que supone tener un coche propio— y el usuario sólo tiene que acceder al sistema, reservar un vehículo del tipo que más le convenga y usarlo por el tiempo que lo necesite, sabiendo que el importe correspondiente a ese tiempo de uso se le cargará automáticamente en su cuenta, sin más trámites.

Esquema conceptual del carsharing - Ilustración por Jorge Toledo

Esquema conceptual del carsharing – Ilustración por Jorge Toledo

Esto, combinado con el uso regular de la bicicleta y el uso esporádico del transporte público urbano y otros medios —incluido el coche de alquiler tradicional— para larga distancia, en mi caso me ha permitido olvidarme indefinidamente del coche en propiedad. Cada vez que necesito un coche, puedo usar el que quiera —pequeño, familiar, de carga o eléctrico— y además encontrarlo siempre limpio, nuevo y a pocas calles de mi casa.

En el siguiente vídeo se cuenta detalladamente, casi a nivel de manual de instrucciones, cómo es el proceso de alta y el uso rutinario de uno de estos servicios:

Las diferencias con un coche en propiedad son inmediatas. La más evidente es la cantidad de preocupaciones y gestiones que uno se quita de encima y, en cierto rango de uso, el coste mucho menor que supone anualmente: de una detallada comparativa —y bastantes cálculos— que hice hace unos meses deduje que podría hacer entre 150 y 200 salidas de unas 4h al año antes de llegar a un gasto similar al que me supondría tener un coche propio, lo cual es muchísimo más de lo que esperaba… y estaba calculando a la baja el coste de este último.

Si tenéis curiosidad por comparar los costes para vuestro nivel de uso del coche, hay un par de calculadoras disponibles online, tanto para el coche privado como para el carsharing, que podéis usar para obtener datos orientativos. Desde Respiro compartían hace tiempo una estimación hecha para un caso particular, y seguramente podréis encontrar otras por la red.

Y hay que pensar no sólo en términos de dinero, sino también de tiempo. No he visto ningún estudio al respecto pero sería igualmente interesante: ¿cuánto tiempo podríamos ahorrar al año, al usar un servicio de carsharing, en gestiones y mantenimiento?

La otra diferencia es de tipo colectivo y global: teniendo en cuenta que un coche, en Madrid, pasa aparcado de media el 97% de su vida útil, compartirlo tiene mucho sentido también en términos de eficiencia energética… y de calidad medioambiental del entorno urbano, pero estos aspectos los comentaré con más detalle en el próximo post de esta serie.

¿Las diferencias con un servicio de alquiler tradicional? Por un lado, el coste es mucho más ajustado, incluso aunque acabes alquilando un día entero; por otro, la flexibilidad de uso es mucho, muchísimo mayor, pudiendo reservar o cancelar la reserva de un vehículo minutos antes de usarlo, seleccionar un rango de tiempo con una precisión de un cuarto de hora o modificar la duración de la reserva sobre la marcha, ya en el vehículo.

Un caso imparable de economía colaborativa

El carsharing se puede encuadrar en la llamada sharing economy o economía colaborativa, basada en el acceso compartido a productos y servicios frente a la propiedad de éstos, y generalmente apoyada en plataformas digitales que facilitan la interacción y la gestión de las actividades.

En una de las varias charlas que hemos tenido sobre el tema, Agustín de Saralegui, de la empresa Respiro, mencionaba un extenso estudio de Frost&Sullivan —del que habla también Sarwant Singh en Forbes— y me daba, bien despiezados, los datos más significativos. Y son ciertamente significativos.

Pese a ser todavía una actividad emergente —habiendo comenzado a funcionar apenas en 2008— el crecimiento que se prevé es enorme, del orden de diez veces en 5-10 años: de los 90.000 coches en régimen de carsharing que hay hoy en el mundo, se espera que para 2025 ronden el millón, pasando de los 3,3 millones de usuarios a alrededor de 40 millones ya en 2020. Una perspectiva prometedora incluso en una sociedad como la española, donde la propiedad tiene aún un fuerte arraigo cultural. Todo ello en 2014, año histórico en el que, por primera vez, en España se están vendiendo más bicicletas que coches. Algo está cambiando, y muy rápido.

www.thefutureofcarsharing.com - clic para ir a la página

www.thefutureofcarsharing.com – clic para ir a la página

¿Cómo se están tomando esto los fabricantes de coches? Los más espabilados se están dando cuenta que el futuro del coche está, al menos, tanto en el acceso como en la propiedad, así que están cambiando sus modelos de gestión y marketing para funcionar más en leasing, ofreciendo servicios añadidos —como los superchargers, las estaciones de recarga gratuita de Tesla Motors—, o con flotas enteramente dedicadas al alquiler o al carsharing.

Según el estudio mencionado, el carsharing está atrayendo sobre todo a jóvenes entre 25 y 34, con menos recursos, sin familia propia, acostumbrados a usar un coche ajeno, más próximos a la economía colaborativa gracias a su estrecho contacto con Internet, y para los que, aparentemente, tener coche ya no mola tanto. Mi experiencia, al menos, coincide con el estudio: tenerlo presenta cada vez menos atractivo. Poder usar un coche nuevo del tipo que necesito y sólo cuando lo necesito, eso sí que mola.

¿Y en Madrid?

Todo esto, que hace unos años sonaba prometedor pero algo remoto, en Madrid es ya una realidad que ha venido para quedarse.  Actualmente hay dos empresas consolidadas que ofrecen servicios de carsharing: Respiro y Bluemove. Cuando, hace unos meses, hice la comparativa de servicios y precios mencionada más arriba, había una tercera, HelloByeCars, que a día de hoy parece haber desaparecido del mapa.

La implantación del carsharing en la ciudad está bastante avanzada, cubriendo de forma uniforme todo el centro con más de 80 aparcamientos  —unos 150 vehículos— de Respiro y alrededor de 50 —más unos 30 coches aparcados en la calle— de Bluemove, cifras que están en constante aumento dado el rápido crecimiento que están experimentando ambas empresas.

Extensión cubierta por Respiro (izquierda) y Bluemove (derecha + aeropuerto).

Extensión cubierta por Respiro (izquierda) y Bluemove (derecha + aeropuerto).

En ambos casos el funcionamiento es parecido: la reserva se puede hacer por teléfono y a través de Internet usando ordenador o móvil, y el acceso al coche se realiza pasando la tarjeta personal por un detector situado en el exterior del coche. Una vez abierto, en el interior encontraremos la llave de arranque y una tarjeta para el caso en que hiciera falta repostar. Además encontraremos el historial de incidencias del coche por si notáramos alguna anomalía, y un breve manual de uso, muy útil para esos primeros y algo desconcertantes encuentros con el carsharing.

En cuanto a la flota, cada empresa ha adoptado un enfoque distinto: mientras que en Bluemove es bastante homogénea y marcada por su reciente acuerdo con Kia, en Respiro la flota se diversifica mucho en cuanto a marcas, modelos y tipos de vehículo, con lo que, si estás dispuesto a moverte a un parking más lejano, puedes acceder a una variedad mayor. Respiro es además la única que tiene varios modelos de carga, fundamentales si, como en mi caso, una de las pocas cosas para las que realmente necesitas un coche es para hacer la mudanza o llevar algún objeto grande de forma ocasional. Ambas incluyen algún modelo eléctrico, cuyo número y variedad es previsible que aumente en los próximos años.

Ejemplos de vehículos en la flota de Respiro

Ejemplos de vehículos en la flota de Respiro

Ambas empresas coinciden en referirse al carsharing como “coche de barrio”. La idea, en palabras de Agustín de Saralegui, de Respiro, “es que el vecino, sin renunciar a la flexibilidad de tener toda una flota a su disposición, acabe desarrollando una relación de familiaridad con el coche que usa habitualmente, generalmente situado en el parking más cercano a su casa o trabajo”. El uso compartido puede ser también una excusa para generar comunidad a nivel de vecindario, favoreciendo el contacto entre los vecinos y abriendo las puertas a compartir y colaborar para viajes, recados, etc. Hacia esto apunta Bluemove Community, una plataforma que propone la adquisición a través de un contrato de renting, por parte de un “vecino conector”, de un vehículo con la tecnología de carsharing preinstalada, con la condición de que el “conector” comparta un porcentaje del tiempo de uso del coche y promueva su uso entre sus amigos y vecinos. Sin llegar a ser un modelo de carsharing P2P puro, esto permite crecer de manera más descentralizada, bajo demanda, y dando cierta preferencia de uso a los usuarios que necesiten el coche con regularidad.

Hasta aquí, una instantánea de lo que es el carsharing ahora mismo en Madrid. Dentro de unos meses el panorama puede haber cambiado bastante. Como comentaba más arriba, las expectativas de expansión son enormes. En palabras de Saralegui sobre el futuro de Respiro: “Ahora estamos en 154 coches, y mañana entran 5 más. Están entrando nuevas unidades continuamente en función del aumento del número de usuarios y antes de que acabe el año serán 200 coches de Respiro en Madrid. Para 2015 doblaremos —como mínimo— hasta los 400 coches de carsharing en la ciudad.”

En los próximos artículos de esta mini-serie entraré en más detalles sobre el impacto del carsharing en la vida urbana y sobre la experiencia que, como usuario de Respiro, he tenido con el “coche de barrio” durante estos meses.

Más información: Respiro + Bluemove

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Ciudades que caminan, por una mejor vida urbana… a pie | II Congreso en Pontevedra

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Praza da Ferraría, Pontevedra - Foto por Diana Piñeiro

Praza da Ferraría, Pontevedra – Foto por Diana Piñeiro

El concepto de “ciudades que caminan” resulta, como mínimo, sugerente. Uno se siente tentado de pensar en las walking cities de Ron Herron —Archigram—, pero en el caso que nos ocupa nos referimos a algo menos espectacular y más cercano: ciudades que invitan a caminar.

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Las infraestructuras ciclistas de Copenhague, en una sola imagen

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La aplicación sistemática de un conjunto sencillo de tipologías de infraestructuras ciclistas es uno de los factores que más pueden contribuir a facilitar su comprensión, adopción y correcto uso por parte de los ciudadanos. O al menos ese es el caso de Copenhague, donde las diversas soluciones se han optimizado y uniformizado tanto que pueden resumirse en un solo gráfico:

Guía de infraestructuras ciclista de Copenhagenize

Guía de infraestructuras ciclistas en Copenhague, por copenhagenize.eu

El enfoque de esta ciudad se puede resumir en 4 soluciones tipo, que se aplican a las distintas vías dependiendo de la velocidad del tráfico motorizado que circula por ellas:

  • 10-30 km/h: Espacio compartido para bicicletas y vehículos motorizados, sin separación.
  • 40 km/h: Carriles bici pintados en la calzada.
  • 50-60 km/h: Carriles bici separados de la calzada por un bordillo.
  • 70-130 km/h: Carriles bici completamente segregados por una mediana.

Además, hay un par de criterios básicos para todas ellas:

  • La infraestructura se sitúa a la derecha de la fila de coches aparcados, dejando éstos como barrera entre el carril bici y la calzada.
  • Los carriles bici de dos sentidos se usan sólo cuando están separados de cualquier carretera o calle. Si no, siempre han de usarse carriles bici de un solo sentido.

Como dice Mikael Colville-Andersen, conocido activista, conferenciante y asesor sobre planteamiento urbano para la bicicleta en Copenhagenize.com:

La belleza de la red de infraestructuras ciclistas de Copenhague está en la uniformidad de su diseño.

 

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El “cruce holandés” para carriles bici sigue popularizándose

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Últimamente la cosa va de ciclismo urbano: hace un par de días hacían aparición las primeras bicicletas de biciMAD por la ciudad; aquí en el blog hemos publicado el primer post de la serie #networkedurbanism, que habla de las ideas de los estudiantes del GSD de Harvard sobre bicicletas y ciudad; hace poco más hablábamos en detalle de BikeLine, nuestro proyecto de guía aumentada para los ciclistas urbanos; y hoy hemos encontrado en Internet un artículo que habla de carriles bici.

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El post explica una “nueva” manera de proyectar las intersecciones de las calles para que sean más seguras para los ciclistas, y es interesante por tres razones. sigue leyendo para ver el vídeo

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Una guía aumentada para recorrer la ciudad en bicicleta | BikeLine al detalle

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Ir en bici, en un mundo de coches, es para locos o valientes. ¿O no? - Foto por Elvert Barnes

Ir en bici, en un mundo de coches, es para locos o valientes. ¿O no? – Foto por Elvert Barnes – clic para ver original

¿Cómo podemos impulsar el uso de la bicicleta en la ciudad? Esta cuestión se ha abordado de muchas maneras distintas, generalmente desde la mejora de las infraestructuras, la regulación, la seguridad y la educación. Sin embargo, echamos en falta proyectos que, a escala de ciudad, trabajen directamente por hacer el ciclismo urbano más visible y tan atractivo como puede llegar a ser, mostrando la bicicleta como un modo de moverse por la ciudad económico, versátil y flexible, ágil o tranquilo según queramos, con la posibilidad inmediata de parar a hablar con alguien conocido o hacer la compra el comercio local…

La agilidad de la bicicleta: parar a hacer un recado en cualquier punto de tu camino - Foto por acme08 en Flickr

La agilidad de la bicicleta: parar a hacer un recado en cualquier punto de tu camino – Foto por acme08 – clic para ver original

En ese sentido, el factor cool que la bicicleta está adquiriendo últimamente está ayudando, más que muchos planes de movilidad, a sacarla del nicho del activismo y normalizarla a nivel cultural, como parte de un estilo de vida.

Sin embargo, ¿se puede hacer algo más? ¿Podemos aunar todos esos esfuerzos bajo una propuesta integradora y llegar un poco más allá?

Mejorado la “experiencia de usuario”

Recuerdo mi primera y alocada incursión en bicicleta al centro de Madrid. Tras diez años pedaleando a diario por una ciudad como Alicante, más pequeña pero casi igual de salvaje en cuanto a tráfico, me sentía más que preparado para ello. Dado mi escaso conocimiento de la ciudad, y con el fin de evitar perderme demasiado, decidí seguir las calles conocidas, que venían a ser las que cualquier turista conoce, o las que destacan más sobre el plano.

Así fue como me encontré pedaleando, a todo lo que me daban las piernas, por el carril central de la Gran Vía, cuesta arriba, en hora punta, con taxis y autobuses rugiendo por la derecha y el resto de coches presionándome por todos lados. Ni que decir tiene que me batí en retirada por el tercer paso de cebra con el que me crucé, y en adelante me pensé mejor la ruta a seguir. No quería repetir aquel error, pero tenía por delante una pregunta por responder: ¿Cómo se mueve uno por esta ciudad?

Disculpe, ¿cómo... ? - Foto por Marc van Woudenberg

Disculpe, ¿cómo… ? – foto por Marc van Woudenberg – clic para ver original

Da igual que tengas años de experiencia sobre dos ruedas o que te acabes de lanzar, animado por alguna de las muchas bondades de la bici urbana: cada ciudad desconocida supone comenzar de nuevo. Todas se diferencian por el tipo de tráfico, su configuración, su orografía o su cultura.

Sin embargo, por distintas que sean, todas las ciudades tienen algo en común, y es que según cómo las recorras, pueden convertirse en una pesadilla o en un placentero paseo. De nuevo, la pregunta: ¿Cómo se mueve uno por esta ciudad?

El problema de las rutas ciclistas

La primera respuesta es evidente: siguiendo rutas ciclistas, generalmente compuestas por una combinación más o menos inconexa de carriles bici, ciclocalles y otras soluciones. Sin embargo, esas rutas pueden ser escasas y difíciles de hallar, e incluso el encuentro con una de ellas es una experiencia confusa. ¿Cómo sabes si te va a llevar a donde tú quieres? ¿Y si tiene puntos peligrosos o discontinuidades? ¿Es una ruta realmente pensada para vivir la ciudad desde la bici o un apaño que no me va a ayudar nada?

El terror del ciclista urbano: carril bici a ninguna parte - foto por José María Mateo

El terror del ciclista urbano: carril bici a ninguna parte – foto por José María Mateo – clic para ver original

El problema, algo menor, de los planos

La segunda respuesta es igual de obvia y complementa a la anterior: usando un plano y buscando tu propia ruta. En mi caso, la cosa comenzó a aclararse cuando descubrí el Plano de Calles Tranquilas de Madrid. Un día decidí seguir sus líneas y me encontré atravesando de punta a punta una ciudad que no parecía la misma: tranquila, con poco tráfico y con ambiente de barrio.

Sin embargo, consultar un plano sigue siendo engorroso, y mucho menos cómodo que simplemente seguir una ruta adecuadamente señalizada por la ciudad. Tienes que memorizarlo y pararte a consultarlo cuando te olvidas. En el mejor de los casos, lo puedes llevar en el móvil y seguir tu ruta con ayuda del GPS. Aun entonces, lo que pone en el plano y lo que ves en la calle son cosas distintas. Hay rutas digitales que no están señalizadas en la calle, o viceversa.

Además, suelen ser planos meramente circulatorios, que omiten toda actividad cultural, social o comercial de la ciudad. Sin embargo, la experiencia de ir en bicicleta es algo completamente distinto: su velocidad y maniobrabilidad hacen que sea idónea, no sólo para ir de A a B, sino para hacerlo pasando por C, F, J y X, descubriendo todo lo que la ciudad tiene que ofrecer y disfrutándolo en cualquier punto del camino.

Así pues, construyendo sobre estos antecedentes: ¿cómo podríamos mejorar la experiencia de ir en bici por la ciudad?

BikeLine, una solución posible

¿Y si combináramos lo mejor de las rutas señalizadas y de los planos, conectando claramente las guías físicas y las digitales? BikeLine fue concebida precisamente con esa idea en mente: combinar rutas físicas, fáciles de ver y seguir, con información digital sobre su procedencia, destino, estado o actividad cercana. Apoyarnos en la claridad y obviedad de unas señales pintadas en el suelo, y en el potencial informativo e interactivo del contenido de una pantalla.

bikeline - imagen de concepto

BikeLine: recreación conceptual

Intentamos imaginar una nueva forma de ayudar a los ciudadanos que usan la bici a sacar partido de sus ciudades. Las “líneas bici aumentadas” son pistas visuales continuas, simples y llamativas que guían al ciclista a lo largo de itinerarios seguros e interesantes. Su presencia y diseño anuncian, además, que existe otra capa de información en la que se desarrolla su auténtico potencial: una aplicación móvil que detecta la línea que estás siguiendo y muestra una “línea digital” equivalente que añade información relevante, actualizada y especialmente pensada para el que va en bicicleta.

BikeLine: esquema de concepto

BikeLine: esquema de concepto

De ese modo, la ciudad puede proporcionar respuestas rápidas a las dudas más comunes de un ciclista urbano:

— ¿Cómo puedo llegar de forma fácil y segura a… ?
— Y ahora, ¿por dónde sigo?
— Genial, he encontrado un carril bici, pero… ¿a dónde lleva?
— ¿Encontraré un buen sitio para aparcar la bici?
— Oh, no, un pinchazo… ¿Dónde puedo encontrar un taller de bicis?

El sistema está pensado para ayudar a descubrir el entorno urbano desde la bici, poniendo en el manillar todo un nuevo campo de posibilidades de interacción con actividades culturales, comercios locales y otros ciclistas, permitiendo, no sólo conocer, sino también disfrutar del camino a través de la ciudad.

Os contamos cómo imaginamos que podría funcionar, apoyándonos en el primer diseño que hicimos, premiado el pasado año en el concurso Get a Bike de Oslo, y cuya viabilidad esperamos poder ir comprobando y desarrollando.

Las líneas físicas

Existen bastantes aplicaciones móviles para seguir rutas por la ciudad. Lo que no hemos visto son señales que avisen de que esas rutas, o esas aplicaciones, existen. Señales que al ser claramente visibles para cualquiera, atraigan la atención, diciendo “aquí hay algo que puede ayudarte” o “cuidado, por esta ruta van ciclistas” o “¿por qué no te animas a descubrir tu ciudad desde la bici?”.

¿Por qué usar una línea? Una la línea es una forma rotundamente reconocible de señalizar una ruta. Da igual que esa ruta pase por un carril bici, por un espacio compartido con peatones o por un carril de la calzada, o que cambie de uno a otro. La línea puede girar, bajar o subir, cambiar de pavimento o de carril y seguir expresando una idea de continuidad a través de la ciudad.

La línea como guía en diferentes situaciones

La línea como guía en diferentes situaciones

Una línea puede cambiar de grosor, de color, y volverse discontinua o punteada para indicar seguridad, atención, preferencia, peligro, proximidad de un cruce, variación de la velocidad…

Color, tipo de trazo y grosor como indicadores superpuestos

Color, tipo de trazo y grosor como indicadores superpuestos

Una línea, además, es más económica de pintar y mantener que dos, o que una franja más ancha. Puede cualificar una vía sin ocuparla del todo, y sin suponer un cambio de pavimento.

Las líneas digitales

Las “líneas digitales” se visualizan a través de la aplicación móvil, en sincronía con las del suelo. Ponen servicios e información específica a disposición del que se mueve en bicicleta, suponiendo a la vez una ayuda y un aliciente para animarse a pedalear. Anuncian la presencia de talleres, de lugares donde aparcar, de comercios locales con ofertas especiales para ciclistas, de espacios de descanso, de equipamientos culturales…

El usuario puede revisar las líneas en parado, visualizándolas en un mapa de la ciudad o recorriéndolas para ver en detalle su contenido. Una vez en marcha, la aplicación detecta la línea que se está siguiendo y va proporcionando información de forma sintética, mostrando en la pantalla gráficos fácilmente reconocibles cuando hay información complementaria que mostrar y eventualmente ayudándose de sonidos para avisar sin distraer más de lo necesario la mirada del ciclista.

Líneas digitales sobre las físicas

Líneas digitales sobre las físicas – clic para ampliar

Su conexión con la actividad local, incluyendo la comercial, hace que el sistema tenga un gran potencial para integrar iniciativas ciudadanas u oficiales, públicas o privadas, individuales o colectivas, haciendo que esas simples líneas trazadas sobre la ciudad puedan convertirse en ejes de revitalización urbana a una escala más humana: la escala de la bicicleta. Abre interesantes posibilidades de uso, financiación y colaboración entre agentes no necesariamente relacionados con la movilidad pero sí con un modo de vida urbano en el que la bicicleta puede jugar un papel importante.

¿Realmente tenemos que seguir una línea?

Nos hemos hecho esa pregunta bastantes veces. La respuesta es sí… o no. Lo más hermoso de la bicicleta es que te permite salirte de la ruta, cambiar bruscamente de planes, improvisar, explorar. Y no podemos renunciar a eso.

Las rutas que imaginamos no serían exclusivas ni obligatorias. Tampoco serían inmutables. Un recorrido pintado puede renovarse, o perderse por el desgaste y aparecer en otra ubicación. Podrían ser incluso temporales, pensadas para desaparecer al cabo de un tiempo. El propio uso que los ciudadanos hicieran de cada ruta, recogido a través de la aplicación o de otros canales de participación, serviría para redefinir y adaptar esa infraestructura ciclista ligera.

Pero pensamos que sería importante que estuvieran ahí como un indicador de la presencia de la bici, de la existencia de una ruta amable y una capa de información añadida. Como una guía a partir de la cual aprender a moverse por la ciudad, cada uno a su manera. Como una serie de lugares conocidos desde los que explorar lo desconocido.

¿Cuándo y dónde?

Todo esto no pasa de ser una propuesta. Una propuesta que hicimos para Oslo (con bastante buena recepción) pero que pensamos que puede interesar a otras ciudades, teniendo bastante potencial para ser desarrollada en colaboración entre varias.

Hay aspectos que hacen de éste un proyecto complejo de llevar a cabo. No es tan “sencillo” como desarrollar una aplicación independiente e invitar a la gente a usarla. Hay que trabajar cumpliendo complejos reglamentos, ajustándose a acuerdos y haciendo todo ello económicamente sostenible. Hacerlo bien implicará poner en contacto y de acuerdo a muchos agentes de la ciudad… como, por otro lado, debería suceder con cualquier nueva infraestructura.

Sin embargo, también es bastante escalable. Se puede poner a prueba con una inversión relativamente baja, e ir mejorándolo progresivamente, de prototipo en prototipo. Sobre la marcha se pueden renegociar los trazados de las líneas y modificar las funciones de la aplicación. Y si nada de eso se lleva a cabo servirá, como mínimo, para sugerir otro acercamiento posible a la bicicleta como transporte, como experiencia urbana y como estilo de vida, y que se siga hablando de ella.

Así que… ¿por qué no intentarlo?

Evalúa BikeLineActualmente estamos presentando la idea a una convocatoria de propuestas de la que podríamos obtener apoyo para desarrollar más el concepto y su plan de viabilidad. Si os parece que la idea es interesante y creéis que valdría la pena explorarla un poco más podéis apoyarnos, tras un rápido registro, valorando tres aspectos: relevancia, adecuación y viabilidad.

Valora el proyecto Bikeline

En la plataforma hay subidas, junto a esta, muchísimas otras iniciativas que merece la pena revisar. Os animamos a registraros y valorar las que más os llamen la atención.

Para más detalles podéis descargar en PDF un panel que explica la propuesta: BikeLine por Ecosistema Urbano (762).

 

¿Y a vosotros, qué os parece? Estamos deseando conocer vuestras opiniones y seguir debatiendo y pensando sobre cómo podemos mejorar la experiencia de ir en bicicleta por la ciudad.

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Metrominuto: un “plano del metro” peatonal para Pontevedra

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Metrominuto Pontevedra

Metrominuto Pontevedra

Os dejamos una preciosidad que descubrimos hace algún tiempo a través de Ciudad Observatorio: un plano pensado para visualizar diferentes rutas a pie por la ciudad de Pontevedra. Como explican muy acertadamente en el post original:

Un plano que parece un plano de metro, pero no lo es… En Pontevedra han diseñado este este esquema cogiendo la estética tan reconocida de este transporte para realizar el Metrominuto, o lo que viene a ser un plano con las distancia peatonales y tiempo que se tarda en recorrerlas.

En este caso se ha escogido la plaza Peregrina como Km 0 y a partir de ahí surgen los recorridos a diferentes lugares de interés como pueden ser hospitales, supermercados, la universidad o las estaciones. También indican los parques, espacios peatonales y sendas.

Para el Metrominuto, dentro del proyecto Pontevedra Mobilidade, la velocidad que se ha cogido es la de 4Km/h, y ya ha sido premiado con el premio europeo de la movilidad o premio Intermodes por considerarse el primer mapa de transporte pedestre de Europa. A esto se le suma una serie de indicaciones por la ciudad con las direcciones, las distancias y los tiempos.

Aunque es cierto que no es la primera ciudad donde se indican con señalizaciones el tiempo y la distancia que tardas en realizar un recorrido de forma peatonal, el hecho de que se haya realizado un plano de ello y que además se haya cogido como referente otro medio de transporte, eleva a la categoría de transporte urbano el ir andando, algo que ni se suele hacer ni se suele tener en cuenta para el diseño del espacio en las ciudades.

No estamos muy seguros de si será fácil orientarse con él si no conoces la ciudad. Pero sí que da una medida clarísima de su “caminabilidad”, y para los residentes que sí conozcan los lugares y la forma aproximada de llegar a ellos, puede suponer un gran aliciente para decidirse a ir caminando, especialmente en una ciudad tan peatonalizada y que puedes cruzar en media hora.

De momento parece que ha sentado un precedente y la idea se está empezando a extender de forma extraoficial en otras ciudades. ¡Enhorabuena al Concello de Pontevedra por esta iniciativa!

Página oficial: Metrominuto
Via Ciudad Observatorio